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Lo que sabe Daniela Amodei y las universidades todavía no explican bien

El Libro rojo de Cálamo y Cran

Últimamente en el hormiguero andamos probando y cacharreando con diferentes inteligencias artificiales. Supongo que un poco como todo el mundo en estos tiempos. Exploramos, nos informamos, vamos incorporando cosas y, otras veces, descartamos. Una cosa que no hemos podido evitar ha sido también sumergirnos un poquito en el mundo de los salseos, luchas de poder y conspiranoias varias que hay alrededor de los LLM. Hay uno de ellos que tenemos que contároslo:

La historia empieza en OpenAI, que hasta hace no tanto era la empresa de inteligencia artificial (sí, hablamos de chatyipití). La que lo había inventado todo. Allí trabajaban, entre otros muchos, dos hermanos: Dario y Daniela Amodei. Él, como investigador jefe; ella, como vicepresidenta de Operaciones. Tenían cargos importantes y, además, perfiles muy distintos —ella, humanista; él, científico—. Con el tiempo, se apoderó de ellos una inquietud: la sensación de que en OpenAI la carrera por llegar primero estaba empezando a pesar más que la pregunta de si se estaba llegando bien.

En 2021, junto con otros investigadores que compartían esa misma incomodidad, dejaron OpenAI y fundaron Anthropic. El nombre no es casual, como podéis imaginar. Tampoco el objetivo, a saber: desarrollar una inteligencia artificial que sea segura, interpretable y alineada con los valores de las personas. Evitar participar en carreras de desarrollo y parar a hacerse más preguntas.

Hoy Anthropic parece que se ha puesto a la cabeza en esto de partir la pana en IA. Perdonadnos las expresiones, aún estamos aprendiendo y, aunque empezamos a ver la luz, todavía tenemos muchas preguntas. Dario ahora es el CEO. Daniela, la presidenta de Anthropic. Al investigar un poco más sobre ella (una humanista que estaba en lo más grande de la industria tecnológica sin formación técnica como tal), hemos visto que lleva un tiempo diciendo algo que a todo el equipo de Cálamo & Cran nos resuena mucho. Muchísimo. Porque lo hemos vivido.

Al principio, como casi todo el mundo, miramos la IA desde lejos: algo lejano, ruidoso, probablemente exagerado. Luego la probamos. Entonces pasó lo que le pasa a quien la prueba en condiciones: la fascinación. De repente, teníamos delante una herramienta que se documentaba, analizaba, resumía, sintetizaba y, además, proponía. Habíamos pasado, de golpe, de viajar en coche (o incluso en burra) a volar en mismísimo dragón.

Pero volar en dragón es peligroso, todos lo sabemos. Cuanto más alto vas, más perspectiva tienes y más cosas ves. Pero, ¿tenemos rumbo? Con el tiempo, empiezas a ver que el dragón se equivoca y te surgen preguntas, ¿lo manejo yo o me maneja él? ¿Me está haciendo caso? ¿Lo está haciendo verdaderamente bien? Cuando pasas tiempo con él, compruebas que tu dragón alucina, inventa y a veces confunde con una seguridad pasmosa. Entiendes que sin alguien a los mandos que revise, coteje y verifique lo que está haciendo, el dragón puede llevarte exactamente a donde no querías ir. La IA sin criterio, más que una herramienta poderosa, es un riesgo disfrazado de oportunidad.

Y ahí, en esa tensión entre el asombro y el espíritu crítico, es donde aparece Daniela Amodei. (Y donde aparecemos nosotros.)

Daniela Amodei y la reivindicación que nadie esperaba

Daniela Amodei se formó en Stanford, donde estudió literatura antes de formar parte del mundo tecnológico. La trayectoria que la llevó de las aulas de humanidades a la presidencia de una de las empresas de IA más importantes del mundo es precisamente, la piedra angular de este artículo.

No se puede construir una IA que entienda el lenguaje humano en toda su complejidad sin personas que entiendan el lenguaje humano de la misma forma. No se puede diseñar un sistema útil, honesto y seguro sin personas capaces de razonar sobre qué significan estos adjetivos. No se puede evaluar si una respuesta es buena sin tener criterio sobre qué hace buena a una respuesta.

«Las habilidades que aportan las personas con formación humanística: la escritura precisa, el pensamiento crítico, la capacidad de hacer buenas preguntas y de evaluar con rigor, son exactamente lo que necesitamos para que la IA sea útil y segura. En Anthropic valoramos a quienes saben leer con profundidad y comunicar con precisión. No son habilidades secundarias. Son el núcleo de lo que hacemos.»
Daniela Amodei, presidenta y cofundadora de Anthropic

Llevamos años documentando esta realidad desde Cálamo & Cran. Si quieres ver qué está pasando en el mercado laboral, este artículo te da una imagen muy concreta: perfiles de humanidades más demandados por las empresas.

Lo técnico ya está resuelto. ¿Y ahora qué?

La inteligencia artificial genera textos a una velocidad y un volumen que hace cinco años habrían parecido imposibles. Cualquier empresa es capaz de producir miles de palabras en segundos. El problema  (y cada vez más equipos de comunicación, marketing y editorial lo están descubriendo por las malas) es que esas palabras, con demasiada frecuencia, no dicen nada. Están huecas. Están construidas gramaticalmente, pero no tienen sentido ni co(razón). Les falta lo que ningún modelo ha conseguido entrenar todavía: el criterio.

El criterio no se genera con un prompt. Es el fruto de de años leyendo con atención, de entender cómo funciona el lenguaje por dentro, de haber discutido la ambigüedad de un texto en clase, de haber reescrito un párrafo veinte veces hasta que expresaba lo que se pretendía. Viene, en definitiva, de una formación humanística.

«Lo técnico ya está resuelto. Lo que falta ahora es alguien que sepa qué hacer con ello.»

El modelo de lenguaje puede producir un borrador. Pero no sabe si ese borrador está bien. No tiene manera de saber si el tono es el adecuado para ese lector, si la estructura funciona, si hay una inconsistencia en el argumento, si la frase del segundo párrafo contradice (o repite con otras palabras) lo que se dijo en el primero, si el registro es coherente con la identidad de la marca o si, simplemente, el texto suena a que lo escribió una máquina. Para todo eso hace falta una persona, una con criterio, una persona formada en el lenguaje.

«Li sintixis ni sirvi piri nidi.»

 El ojo que ningún modelo entrena

Hay una habilidad que se desarrolla durante años y que no tiene traducción directa en términos de programación: el ojo revisor. Ese ojo que detecta la errata antes de que el texto llegue a imprenta. Que nota que la voz narrativa ha cambiado en el tercer capítulo sin que haya una razón para ello. Que identifica el eufemismo que oscurece donde debería aclarar. Que siente cuándo una traducción ha perdido algo en el camino, aunque la equivalencia léxica sea correcta.

Ese ojo se entrena con lecturas, con correcciones, con discusiones sobre el sentido de un texto, con la práctica sostenida de prestar atención a lo que dicen las palabras y también a lo que no dicen… no con datos. Es una habilidad profundamente humana. Y en el mundo que viene (un mundo que no para de producir textos y que cada vez tiene menos tiempo para leer con atención) es una habilidad que vale oro en paño.

Volviendo a la metáfora: puedes volar en dragón todo lo que quieras. Pero si no lo controlas, el dragón te llevará donde él quiera. Recuerda que solo nosotros pilotamos.

Lo que dicen los datos

Y por si acaso dudabais de Daniela Amodei. Los informes sobre futuro laboral apuntan exactamente en la misma dirección.

El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial identifica el pensamiento analítico, la creatividad y la comunicación como las tres habilidades más demandadas en el mercado laboral de los próximos cinco años. Las tres son competencias que se trabajan, de manera sistemática, en las carreras de humanidades.

McKinsey Global Institute, en sus estudios sobre automatización y el futuro del trabajo, concluye que las tareas más difíciles de automatizar son precisamente las que requieren juicio, empatía, comunicación compleja y razonamiento ético. No las más técnicas: las más humanas.

LinkedIn, en su informe Jobs on the Rise 2025, incluye entre los perfiles de mayor crecimiento roles que antes no tenían nombre y que ahora lo tienen: AI content specialist, prompt engineer, especialista en lenguaje claro, evaluador de modelos de lenguaje. Todos ellos requieren, como competencia diferencial, saber qué hace que un texto sea bueno.

Y eso, insistimos, no lo enseña ningún algoritmo.

El oficio del lenguaje tiene nombre

En Cálamo & Cran llevamos treinta años formando profesionales del lenguaje y la edición. Correctores, traductores, editores, redactores, maquetadores… Personas que han convertido su amor por las palabras en un oficio con método, con tarifas, con clientes y con futuro.

Lo que hacemos no es enseñar a escribir bonito. Es enseñar a leer bien, a corregir con criterio, a editar con cabeza, a traducir con sensibilidad y a maquetar con cuidado. Es dar estructura a esa mirada que ya traes contigo si vienes de las letras. Es convertir una intuición en oficio.

Y si algo ha cambiado en estos últimos años es que ese oficio ya no necesita justificarse. El mercado lo está pidiendo. Las empresas tecnológicas lo están contratando. Quizá cambien las herramientas, las interfaces, los volúmenes… pero, desde luego, no la esencia. Figuras como Daniela Amodei lo están diciendo con todas las letras, desde el corazón mismo de la industria que se suponía que iba a acabar con nosotros.

El dragón vuela, vale. Pero necesita al piloto. Y al piloto, más le vale que sepa lo que hace.

Y, cuando no, siempre habrá al quite alguien con ojo de corrector para arreglar desaguisados.

Preguntas frecuentes

Descárgate el Libro rojo

Un compendio de los manuales de estilo de referencia.

Es una obra de consulta rápida y eficaz para correctores, traductores y redactores.

Patricia Gómez

Patricia Gómez

Directora de Marketing en Cálamo y Cran Licenciada en Traducción e Interpretación e Intérprete Jurado de lengua inglesa desde el año 2007

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Formamos a personas con pasión por las letras, los libros y los mensajes.
Convocatoria de cursos presenciales (y por videoconferencia) de Cálamo y Cran para otoño de 2022.

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