Más allá de las publicaciones: la visión del editor

El Libro rojo de Cálamo y Cran

¿Qué sería de McDonald’s si se hubiera dedicado únicamente a vender hamburguesas? Si no hubiera invertido su éxito en el negocio inmobiliario probablemente sería una de esas desconocidas hamburgueserías de barrio. ¿Y si Samsung siguiera dedicándose a vender pescado seco y verduras a Japón? ¿Es una tontería que Uber lleve comidas a domicilio? ¿Y si Lego siguiera fabricando muebles?

La expansión y diversificación de esos negocios tiene profundos matices y diferencias. Cuando las cosas van muy bien y existe la oportunidad de diversificar se pueden intentar aventuras nuevas que nada tienen que ver con el negocio. Sin embargo, otras expansiones se mantienen enfocadas en el core business y tienen lugar en medio de una crisis, como la de Lego en 1990 debido a la llegada de los videojuegos. ¿Cómo la combatió? Incrementando la dificultad de algunos de sus kits de construcción convirtiéndolos en un reto para los niños. Y más tarde, llegando a alianzas con Warner Bros y produciendo películas de animación basadas en personajes hechos con Lego. Y así en 2015 superó a Mattel como el mayor vendedor de juguetes del mundo.

Sin pretender ser Lego o McDonald’s, el camino de cualquier empresa hacia la innovación y diversificación siempre está abierto… por algún sitio. ¿Por qué no lo iba a estar también en el sector editorial? Hablemos de la maleza que está cerrando ese camino. Y de soluciones.

No es que la industria editorial carezca de imaginación o habilidades para diversificar. Es que está acorralada por la tecnología y demasiado especializada en el «envoltorio del contenido». Y así no hay mucho que explorar. Pongamos por caso una editorial de libros. Un libro se planifica desde todos los puntos de vista pensando en la venta del propio libro. No se valora ni se da entidad a aquello que el libro contiene. No quiero decir que se publique cualquier cosa, sino únicamente que no se piensa en los contenidos que componen la publicación como objeto de negocio o de intercambio, o como vehículo de otros negocios. Las herramientas de producción están orientadas a un único y perenne objetivo. También lo está la propia estructura y funcionamiento de la editorial. Así es difícil no cerrarse muchos de los caminos antes siquiera de poder imaginarlos. Cuando acabamos de lanzar una publicación solo disponemos de las artes finales, ya sean papel o digitales. No tenemos acceso directo ni sencillo a los contenidos que la componen. No los podemos gestionar ni incluirlos en ninguna estrategia de negocio.

Por supuesto, existen herramientas para la gestión del contenido. El problema es que no son las que se usan en producción, y que usarlas implica desdoblar esfuerzos e inversiones de forma permanente, pues mientras se pone en marcha y se usa esa maquinaria hay que seguir produciendo lo que da de comer. Y eso no resulta rentable, ni actualmente ni a medio plazo. Despiezar los contenidos de una publicación y meterlos en una base de datos, mantenerlos actualizados constantemente a base de mano de obra y tecnología «de call center» es la alternativa menos mala y al mismo tiempo toda una cutrez asombrosa para los tiempos que corren y el potencial tecnológico que nos rodea. Se necesitaría que el propio proceso que nos proporciona el arte final en papel nos dejara como resultado el contenido, y a poder ser también el arte final digital.

Pues bien, Adobe se dio cuenta de eso en la década de 2000 y lanzó Adobe DPS en 2010. Dotó a InDesign de herramientas de authoring digital y creó un entorno en la nube para la publicación de esas obras. Hizo todo lo que pudo… desde su enfoque. Los maquetistas adquirían así la posibilidad de convertirse en autores digitales con un esfuerzo relativamente bajo. Lo que no tuvieron es… tiempo. Y aquí está la clave del fracaso que Adobe DPS cosechó: no era solo cuestión del margen que Adobe quería en el negocio editorial a cambio de su plataforma, o del que querían Apple o Google. Quien haya trabajado en una editorial sabe que no sobra mucho tiempo y que de hecho, los picos de trabajo se externalizan. En ese contexto uno no puede coger los documentos en InDesign de un libro que acaba de salir a imprenta y ponerse a diseñar interactividades y animaciones. De hecho, no es solo eso: la versión digital del libro en papel hay que imaginarla y diseñarla de antemano, igual que se hace con el papel. No se puede improvisar o saldrá un churro, de forma que no solo se implica al maquetista sino al editor y a otros agentes. Es inviable y no tiene un retorno de la inversión suficiente. Y por eso en 2016 Adobe dejó morir DPS y lo cerró definitivamente en 2019.

La convalecencia tecnológica que esta y otras iniciativas (de Adobe y de otros fabricantes) ha causado en el sector editorial todavía perdura. Y, sin embargo, el problema no es la falta de tecnología. Lo que no casa es el modelo productivo con las soluciones aportadas. Y si el modelo productivo tiene dificultades, lo que ha de cambiar es el enfoque de la solución. Y la multipublicación semántica es un enfoque muy diferente que aporta ese flujo único y familiar a las editoriales.

En QSystems fuimos llegando a este nuevo enfoque de forma paulatina. Nosotros implementamos un sistema de etiquetado XML para InDesign en 2007, antes de que lo hiciera Adobe, y nuestros clientes producían ePubs y mobipockets en serie y a toda velocidad. En 2011 y 2012 tuvimos la oportunidad de invertir en un solo año muchos miles de horas de desarrollo en el sistema editorial. Y durante ese año y los siguientes las empleamos desde el sentido común, haciendo posible que el etiquetado se guardara en bibliotecas y plantillas InDesign, creando un gestor central para esas plantillas y bibliotecas, implementando un motor de consultas XML basado en XQuery, añadiendo multitud de controles y utilidades a los flujos de trabajo, y desarrollando nuestro propio editor XML compatible con InDesign. Durante esta década –que acabamos de abandonar– no solo desarrollamos el software sino que lo hicimos para atender los diferentes proyectos de digitalización que nos iban saliendo, y que nos iban llevando a escenarios más complejos. Pasamos de digitalizar narrativa en formatos estándar a digitalizar libro de texto o periódicos a entornos como WordPress o WebApps. Y a lo largo de esos proyectos y desarrollos había un elemento que se iba haciendo presente en todos ellos: la semántica de los contenidos. Llegamos a montar prototipos papel/digital con objetos tan marcianos como anaglifos, mapas dinámicos o geolocalizados o publicidad en idle time, hechos exclusivamente con cajas InDesign combinadas en objetos semánticos.

Eso nos hizo darnos cuenta de algo muy simple: los objetos que teníamos en InDesign eran los mismos que luego teníamos en el producto digital. Siempre se podían recombinar los «trozos de información» que hay en las publicaciones en papel, dotarlos con metadatos y presentarlos con funcionalidades, interactividad y animación en el producto digital. Y para alegría de todos los implicados, nuestro sistema editorial Q4 admite que cada cliente se cree sus propios objetos de información y que los almacene en bibliotecas y plantillas. Cualquier grupito de cajas que uno invente con la intención de reutilizarse en una colección se puede identificar y darle salida digital. Es decir, llevamos el authoring de Adobe al plano de un proyecto, en el que cada objeto semántico de una publicación ya tiene una salida programada. Y puedes tener y gestionar tantos objetos semánticos y variables como desees, ordenados, clasificados y reusables a voluntad. Lo bautizamos como «multipublicación semántica».

¿En qué consiste la «multipublicación semántica» exactamente?

Esta técnica consiste en identificar los patrones de información que componen las publicaciones de una colección, etiquetarlos con nuestra herramienta XML y llevarlos a bibliotecas y plantillas InDesign. Una vez allí, el simple hecho de maquetar una nueva publicación hará que se den de alta automáticamente esos componentes en una base de datos, y cualquier edición que se haga de esos contenidos se trasladará a dicha base de datos. Obviamente, para que eso funcione debe existir un ecosistema informático alrededor de InDesign, un sistema editorial cuyo XML sea totalmente compatible con InDesign, de forma que se excave una especie de túnel entre el mundo papel y el mundo XML, un túnel XML.

Cada vez que el maquetista usa una plantilla de capítulo, por ejemplo, se crea un objeto semántico en la base de datos, un «capítulo XML», por simplificar. Cuando el maquetista arrastra una foto con un pie y la ancla a un punto del texto, el sistema editorial inserta una llamada en el objeto capítulo y le asocia un objeto semántico «foto». Y quien dice un objeto estático dice uno dinámico: si quiere adjuntar un vídeo o una galería con fotos ampliables puede arrastrar unas cajas de una biblioteca y sustituir los textos por una URL o datos del tipo que quiera. Cada vez que se guarda un cambio en InDesign se traslada dicho cambio a la base de datos. Todo lo que se inserta y edita en InDesign pasa a formar parte, componente a componente, de un «alter ego XML» de la obra en papel. La diferencia es que así como InDesign nos guarda un archivo con un capítulo o un libro… en la base de datos disponemos de una colección de contenidos XML interrelacionados que podemos exportar como una obra digital, o bien gestionar de muchas otras formas a nivel de contenidos individuales, con partes reconocibles. De repente disponemos de citas bibliográficas, cronogramas, imágenes con pies de foto, galerías, vídeos, ejercicios, secciones y apartados, noticias, artículos de supermercado, leyes o versículos bíblicos… y todos ellos caracterizados por los datos generales y particulares de la obra contenedora, más decenas o cientos de otros metadatos mediante los cuales organizar, recombinar o dar explotación a esos contenidos.

Vale, pero ¿qué hacemos con todo ese potencial? Esa es la pregunta que se hizo Ole Kirk Christiansen durante la Gran Depresión, me imagino. Me imagino que el fundador de Lego vio más allá de los muebles que fabricaba y vio la madera con la que trabajaba, las herramientas que utilizaba y sus manos. Y me imagino que cada editor tendrá sus propias ideas… en cuanto disponga del contenido que actualmente tiene «encerrado» en documentos InDesign, PDF o ePubs. El sector editorial necesita, como condición sine qua nondisponer del ladrillo básico que es el contenido. Lo que haga con ese ladrillo obviamente lo tiene que inventar, pero sin él no hay un más allá.

Hoy puede usar su propio flujo habitual como flujo digital y como gestor de contenidos gracias a la multipublicación semántica.

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