Maquetación: de qué estamos hablando

El Libro rojo de Cálamo y Cran

Actualizado en junio de 2022

Visión histórica del oficio de maquetar (la maquetación)

Muchos recién incorporados al mundo del diseño, incluso algunos técnicos del propio sector de producción gráfica, piensan que la maquetación es algo que se inventó hacia 1990, y que nació de la mano de programas informáticos como Aldus PageMaker o QuarkXPress. Piensan que los libros antes los hacían los cajistas e impresores y que la maquetación como tal no existía. Piensan, por tanto, que a diferencia de muchos otros oficios del sector, la maquetación es un apartado recién llegado a la cadena de producción.

No saben hasta qué punto se equivocan.

A fin de dignificar este gran oficio, hablemos un poco del significado histórico de este trabajo tan fascinante, tan desagradecido a veces pero tan satisfactorio cuando las cosas salen bien.

Concretando en lo posible, una definición más o menos objetiva de la labor que hace un maquetador sería la siguiente:

La maquetación, maquetar, puede entenderse como el proceso de tomar un conjunto aleatorio de textos, fotos, títulos, ilustraciones, pies de foto, nombres de secciones, etc. y construir con ellos un diseño global estructurado, de modo que se pueda leer de modo secuencial (libro) o aleatorio (revista), manteniendo una coherencia y siguiendo un orden lógico, y utilizando recursos gráficos para distribuir los diferentes elementos en función de su importancia.

Normalmente, aunque no siempre, el proceso también supone dar al conjunto una estructura que pueda ser publicable en un volumen físico, impreso y encuadernado, por lo que la maquetación tiene una relación muy grande con las artes gráficas. Además, en los últimos años también se relaciona, y cada vez más, con los soportes de páginas web y libros electrónicos.

A fin de comprender el ámbito de esta actividad, debemos saber que, aunque parece una profesión relativamente nueva, no lo es tanto.

En realidad, lo único nuevo es el nombre (maquetación, fotocomposición, diagramación) y la herramienta que se utiliza (el ordenador o computadora). Es sabido que el trabajo de componer libros es casi tan antiguo como la medicina, ya que como mínimo tiene varios milenios de antigüedad, aunque no lo llamaran maquetar.

Ejemplos de esta antigüedad tenemos muchos: el Libro de los Muertos egipcio, los volúmenes cilíndricos de la antigua biblioteca de Alejandría o el original del Tao Te Kingson textos que alguien ha tenido que organizar y distribuir sobre una superficie (papiro, rollos, hojas de bambú, pergamino, tabla, papel, mármol, barro cocido, etc.).

Más aún, en muchos de estos casos ya se había desarrollado una cierta preocupación (y a veces muy elaborada) por cosas como el reparto del espacio, la legibilidad, la ventaja de la colocación en columnas, el sentido estético de la composición o la utilidad de intercalar ilustraciones explicativas, cosas perfectamente vigentes en cualquier manual de composición o diseño gráfico actual.

Pues bien, estas inquietudes, las mismas que a todos los actuales diseñadores y maquetadores nos hacen sufrir y sudar, nos hermanan con aquellos pioneros y por tanto de ellos y de sus hallazgos recibimos y apreciamos una gran herencia. Pero el maquetador, ante esa herencia, no muestra ni ignorancia ni adoración, sino que la asume, y parte de ella como cimiento para construir un oficio.

Así, cualquier técnico que trabaje componiendo con textos e imágenes tanto en prensa como en edición, tanto cuentos infantiles como revistas de moda, páginas web o libros electrónicos, cuando se encuentre delante de unos jeroglíficos egipcios o unas tablillas con grabados cuneiformes, es más que probable que se imagine al olvidado artesano en su fatigoso proceso de elaboración y que en él vea (como en el escriba, en el copista, en el amanuense, o en la admirable figura del editor-fundidor-impresor del Renacimiento), sencillamente, a un antiquísimo colega, a un anónimo compañero de profesión.

A diferencia de lo que suponía componer textos al modo antiguo, que tenía casi todas las características del trabajo artesanal, actualmente la maquetación o diagramación es un oficio muy interesante que, para bien o para mal, se encuentra en medio de todas las fases de la producción gráfica industrial. Es, por ello, a menudo una disciplina curiosa, pues tiene muy distintas definiciones en función de a quién se lo preguntemos.

  • ¿Qué es un maquetador?

Para el jefe de diseño, es el peón que va metiendo cada palo en su hoyo, que hace lo fácil, el montaje de páginas, cuando ya todo está pensado y mascado por MÍ, porque YO lo he diseñado.

Para el editor, el currantillo que va entre el diseño y la imprenta, que hace lo más fácil y siempre dice que cobra poco. El proletariado del diseño. El culpable de todos los retrasos (esta definición vale también para el jefe de producción).

Para el corrector, es ese que hace magia dando a unos botones y montando las páginas con un roce de su ala de ángel (si queda bien) o el maldito bruto cabezota que no hace nada como le indico tan claramente (si sale mal).

Para el fotógrafo o ilustrador, el que monta mis excelsas imágenes sin demasiado criterio ni sensibilidad, dejando en un rincón a tamaño ridículo esa con el encuadre genial que merecía estar en portada.

Para el autor, el que ha cambiado todo de cómo quería yo, y ya se lo dije a todos, que no lo entiendo porque ya estaba perfecto y ahora no me gusta nada.

  • Finalmente:

Para el cliente profano… ¿maquetador? No sé. ¿El que monta las páginas? Pero, ¿eso no lo hace ya la imprenta? (Todo el mundo sabe que la imprenta tiene un botón que con sólo pulsarlo las páginas quedan montadas).

  • Y ciertamente, para ser justos, una mención a la visión propia:

Para el propio maquetador, es el que se tiene que pegar con todo perro y gato, el que se come todos los cambios de última hora, el que nunca tiene razón por mucha experiencia que acredite, y el que siempre tiene la mitad del tiempo necesario. Y, por supuesto, el que tiene que aguantar aquello de «nada, eso lo haces en dos minutos».

Decíamos que se encuentra en medio de todas las fases de producción, y nada más cierto porque no hay oficio en producción gráfica que bregue con tal coyunda de convivientes:

Un maquetador recibe los textos del autor, con sus manías y sus idiosincrasias; recibe las instrucciones del editor o jefe de producción, con sus prisas y sus “está todo clarísimo”; recibe el diseño del jefe de diseño, con lo mismo; recibe los cambios del corrector, que pide evitar lo inevitable y encajar lo que no cabe; recibe las imágenes del fotógrafo, documentalista o retocador, que pueden ser aptas para gigantografías o de tamaño carnet; recibe las ilustraciones y gráficos del infografista o ilustrador, que tienen un detalle que exigen página y media cada una; recibe los comentarios del preimpresor, que pueden ser más crípticos que un código militar en frente de guerra; y, cuando ya se está fuera de tiempo, recibe las correcciones de pruebas donde finalmente hay que cambiarlo todo y remaquetarlo por séptima vez. Al cabo, tras comer sobre el teclado, entrega la maqueta a edición o a preimpresión, que conseguirá pese a todo que le perdonen finalmente su mezquina y arrastrada vida…

El maquetador es siempre feliz porque no se aburre jamás.

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