Don José Martínez de Sousa —O Rosal (Pontevedra), 1933 – Barcelona,
2026— falleció en Barcelona a los 93 años.

Foto: Xosé Castro (@xosecastro)
Con su muerte se nos va una de esas raras figuras que no solo enseñan un oficio: lo dignifican. Para quienes vivimos entre originales, pruebas y erratas, Martínez de Sousa fue durante décadas brújula y piedra de toque. Y, por lo mismo, una presencia inevitable.
Pepe —así prefería que le llamáramos— fue tipógrafo, ortotipógrafo, bibliólogo y lexicógrafo. Pero esas palabras, por exactas que sean, se quedan cortas. Su nombre terminó por convertirse en una forma de resolver cualquier duda sobre el mundo del libro: «Antes de preguntar, mira el Sousa», decimos, como se dice «mira el Moliner» o «mira el Seco». No es una muletilla: es un reconocimiento.
Hay libros que viven apelmazados en nuestras estanterías; los suyos, en cambio, se quedaban abiertos, con el lomo vencido, llenos de marcas, pestañas y señales. Solo se gastan así los libros verdaderamente indispensables.
Y, sin embargo, tras las páginas —que son un territorio y también una escuela— asoma la historia de un hombre singular, hecho a sí mismo con una mezcla de iniciativa, tenacidad y genio. Genio en el sentido más completo: brillantez de razón, sí, pero también carácter; una franqueza que no pedía permiso y una ironía fina, a veces afilada, siempre al servicio de la claridad.
Fue la historia del joven que empezó junto a las imprentas y acabó por subir hasta lo más alto sin otro aval que su oficio y su inteligencia, como sus referentes Pelegrín Melús y Francisco Millá.
La historia de Pepe Sousa es la de nuestra edición: de los tipos de plomo a la pantalla, del chibalete a InDesign. Se formó como tipógrafo en un colegio salesiano de Sevilla. Después vinieron las imprentas, los talleres, la disciplina minuciosa de las cajas, la autoridad del plomo y la paciencia de quien sabe que una coma mal puesta puede cambiar el sentido de un párrafo —y, en ocasiones, la reputación de un libro.
Ya en Barcelona trabajó en casas de referencia: Bruguera, La Vanguardia, Labor, Biblograf… Allí fue corrector, técnico editorial, lexicógrafo. Pero, sobre todo, fue un observador obstinado: un autodidacta meticuloso que convirtió la duda en método.
Empezó a llenar fichas con problemas y soluciones tipográficas y lingüísticas hasta levantar una obra ingente, levantada a pulso, como se levantan las catedrales: piedra a piedra, entrada a entrada.
En 1974 publicó el Diccionario de tipografía y del libro, y con él se situó en esa tradición histórica de nuestro quehacer editorial que va desde Juan de Caramuel hasta Martínez de Sicluna, pasando por Blasi, Sigüenza y Vera. Lo admirable es que no se limitó a recopilar: ordenó, definió, discriminó, discutió.
Era incapaz de aceptar una norma sin preguntarse antes por su necesidad, su coherencia y su eficacia. Y esa exigencia, aplicada a la lengua y a la composición, fue su mayor legado.
Luego llegaron, gracias a la editorial Trea, obras que hoy son columna vertebral en bibliotecas profesionales: el Diccionario de usos y dudas del español actual, y tantos manuales y diccionarios sobre ortografía, ortotipografía, edición y bibliología que han marcado criterios de corrección y maquetación en España y América.
Quien no haya trabajado con esos libros —con esa mezcla de precisión y de combate— quizá no entienda del todo qué significa tener, por fin, un referente técnico de esa altura; alguien capaz de decirnos no solo “cómo” se hace, sino “por qué” conviene hacerlo así.
Aunque popularmente se le propuso como miembro de la Real Academia Española, e incluso como doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca, no hubo éxito. No tenía un título académico, y esa ausencia —paradójicamente— pesó más que el hecho de que su obra fuera obligatoria, leída y citada en las aulas universitarias.
Pepe encarnó como pocos una verdad incómoda: que la autoridad no la conceden los cargos, sino el conocimiento demostrado y la utilidad pública del trabajo. Sus propuestas chocaban a menudo con el status quo, y eso no lo llevó a callarse —nunca fue hombre de silencios cómodos—, sino a señalar sin rodeos lo que consideraba errores, también los de la Academia. Y lo hacía con algo que hoy escasea: argumentos.
Con razón, con ejemplos, con lectura, con taller. Su humor, su genio y la firmeza de sus razones lo volvían, en más de un debate, imbatible. Pero si su voz fue temida por algunos, fue querida por casi todos los que sostienen el mundo editorial sin aspavientos: correctores, traductores, editores, maquetadores, bibliógrafos, tipógrafos. La suya fue una autoridad cercana, porque nacía del oficio y volvía al oficio.
Por eso celebro especialmente los homenajes que pudimos ofrecerle: al maestro y al amigo, en las cenas de su grupo de la lista Apuntes esa pequeña república de la letra bien puesta—; y a su figura, con la merecida Medalla del Ateneo de Madrid en 2007, que reconocía lo que ya era evidente: que Sousa ocupaba un lugar de referencia en el mundo del libro.
En Cálamo & Cran vivimos además una de esas paradojas hermosas: la enorme responsabilidad —y el orgullo— de corregir la obra del maestro. Trabajar con Sousa era exponerse a un espejo: cada decisión tipográfica o lingüística debía sostenerse por sí misma. Y, al mismo tiempo, era una lección de humildad: incluso quien ha escrito los diccionarios que consultan los demás sabe que la lengua y el libro son artes de vigilancia constante.
Hoy, al despedirlo, nos queda la tristeza —la del amigo y la del oficio—, pero también una certeza: su obra no se cierra. Seguirá abierta, sobre nuestras mesas, como han estado siempre los libros que importan. Seguiremos discutiendo con él, aprendiendo de él, agradeciéndole esa obstinación por la claridad que es, al final, una forma de respeto al lector.
Adiós, Pepe. Que la tierra te sea leve. Nos quedamos con tu saber, tu genio y tu ironía en esas páginas que, cuando la duda nos visita, buscamos casi sin pensar.
Como se busca a un maestro. Como se busca a un amigo.








