Por qué la traducción (humana) importa

El Libro rojo de Cálamo y Cran

Obviando el paréntesis, así titulaba la gran Edith Grossman, traductora estadounidense de Cervantes, del Siglo de Oro español y del boom latinoamericano nacida en 1936, una obrita que apareció traducida a nuestro idioma por Elvio Gandolfo en la editorial argentina Katz. Se trata de un libro tan breve como delicioso, en el que Grossman parte una lanza —y de las gruesas, tamaño Inmaculados de Juego de tronos— a favor de la traducción como oficio y como labor creativa, que da lugar a productos culturales con entidad propia. En ella, Grossman defiende la originalidad de la obra traducida («El original copia a la traducción», decía Borges, también insigne traductor) con contundentes palabras: «Cuando la transmutamos a un segundo idioma, la obra se vuelve obra del traductor (aunque de manera simultánea y misteriosa sigue perteneciendo al autor original)». Primeramente, podríamos intentar responder a la pregunta que la autora hace desde el título de su libro diciendo que la traducción importa porque pone a nuestro alcance obras del intelecto humano de otro modo inalcanzables (literarias o no; habladas, leídas, escritas, articuladas en el lenguaje o en torno a él), pero también porque extrae de esas obras otras obras inéditas e inopinadas, originales como el original. La traducción podría entenderse, así, como una meiosis cultural de efectos multiplicadores.

En una de las partes más interesantes del libro, Grossman da un ejemplo elocuente sobre cómo la traducción parece conformar o canalizar la cultura universal, trascendiendo lo estrictamente lingüístico y literario. La autora cuenta cómo Cervantes influyó (entre otros autores estadounidenses) a Faulkner, quien afirmaba leer El Quijote todos los años, y cómo luego Faulkner y compañía fueron leídos y admirados por los jóvenes literatos del boom latinoamericano, y cómo, por fin, el boom latinoamericano (Vargas Llosa, García Márquez, etcétera), influyó a nuevas generaciones de novelistas estadounidenses. Toda una corriente subterránea de influencias culturales, muchas veces inadvertida, que ha dado forma no solo a la literatura, sino, en este caso, a la cultura de tres continentes y dos esferas lingüísticas. Es lo que los lingüistas y teóricos de la cultura Itamar Even-Zohar y Gideon Toury describieron en sus teorías de la manipulación y de los polisistemas culturales, y que Saramago compendiaría, a su modo, en otra gran frase: «Los literatos hacen la literatura nacional y los traductores, la literatura universal».

Por eso la traducción importa, y por más. No solo se traduce la literatura, obvio. Ni siquiera se traducen solo productos culturales. Esta es, hoy, una parte pequeña del sector de la traducción. Desde hace dos décadas, el caudal de textos producidos e intercambiados, con todos los propósitos y todas las funciones, para todos los públicos objetivos imaginables, no deja de crecer, merced a la globalización y a las (no tan nuevas ya) nuevas tecnologías. Los contenidos textuales se expanden como plancton en el océano de Internet, en webs, blogs, redes sociales, prensa en línea, libros electrónicos que se leen en todo el planeta, y teras y más teras de series y películas que, dobladas o subtituladas, estrenan múltiples plataformas audiovisuales. Leemos y escribimos más que nunca, por paradójico que suene: por las redes sociales, por los subtítulos y, cómo no, por la mensajería instantánea. En gran parte, eso que leemos (y escribimos) son contenidos «diseñados» en un idioma, pero que se pueden y se quieren verter en otras muchas lenguas cuyos hablantes (millones) nos quedan a un par de clics de distancia.

Por eso la traducción importa, y la industria de la traducción también. Desde el año 1996, en que entré en la licenciatura en Traducción e Interpretación de la Universidad de Granada, una de las más veteranas y prestigiosas del país, las cosas han cambiado mucho. Muchísimo. Bien podría haber empezado a estudiar en 1896: cambió menos el oficio del traductor (no así el del intérprete) en ese siglo que en los quince años posteriores a mi graduación. Los estudios superiores de traducción en España tuvieron como objetivo inicial la formación de profesionales que se ocuparan del abundante trasvase de contenidos que venía produciéndose desde la entrada de España en organizaciones internacionales como la OTAN o la CEE; de ahí que las tres especializaciones que había entonces, al menos en Granada, fuesen traducción jurídico-económica, traducción científico-técnica e interpretación de conferencias.

Después llegaron Internet, las herramientas de traducción asistida, la localización de software, de videojuegos, de sitios web, la traducción audiovisual… El sector empezó a crecer y no ha parado. Globalización y nuevas tecnologías multiplican exponencialmente la cantidad de contenidos intercambiados entre los polisistemas culturales de que hablábamos antes: empresas, instituciones internacionales, ONG, ministerios de turismo, periódicos, clubes de fútbol y el Vaticano se internacionalizan y traducen a un sinnúmero de idiomas tanto los contenidos que describen sus productos y servicios como sus publicaciones en redes sociales. Por otro lado, se siguen diseñando aplicaciones como salchichas, sobre todo para dispositivos móviles, dirigidas a usuarios que potencialmente podrían hablar cualquier lengua del planeta. Estallan la industria del videojuego y las plataformas audiovisuales, y con ellos la traducción de subtítulos y de guiones de doblaje. Por si fuera poco, la industria editorial sigue, contra el pronóstico de algunos, expandiéndose y en algunos países no deja de crecer. Según Slator, la industria de la traducción movió en 2018 20616 millones de euros y se prevé que para 2021 esa cifra rebase los 25000 millones. Otras fuentes manejan cifras aún mayores, como GALA, que habla de 41245 millones de euros en 2018 y 49800 millones en 2021, y a estas cifras probablemente haya que añadir el valor de la traducción editorial.

Sigue sin equivocarse, tres décadas después, el periodista que, en un diario universitario que cogí saliendo del examen de griego de selectividad, en un aulario desangelado de la Universidad de Almería, en julio de 1995, decía que la profesión de traductor e intérprete estaría entre las más demandadas del futuro. Eso no ha cambiado. ¿O sí? Nos asalta la eterna pregunta: ¿tiene futuro nuestra profesión? ¿No estamos, como en otros muchos sectores laborales, abocados a ser sustituidos por robots?

En efecto, los traductores profesionales nos hemos visto, sin comerlo ni beberlo, encaramados en un muro altísimo, contemplando un horizonte poco halagüeño y esperando que caiga la larga noche de la industria por el advenimiento de un nutrido ejército de caminantes blancos con nombre propio: traducción automática¡Jodó! Digo, hold the door. Leemos por todas partes que la traducción automática ha llegado para quedarse, pero a veces dan ganas de cantarles a los white walkers, flojito desde lo alto del muro, aquello de Sabina: «Ni te quedes para siempre / ni te vayas del todo».

Los motores de traducción automática (TA) desarrollados en los últimos años, tras haberse quedando anticuadas las tecnologías basadas en reglas (que tratan de enseñar a la máquina las reglas gramaticales de las lenguas origen y meta), combinan en mayor o menor grado los métodos estadísticos con revolucionarias tecnologías de inteligencia artificial, en las que, a su vez, los sistemas de redes neuronales artificiales se entrenan mediante el llamado aprendizaje profundo.

La TA, de todos modos, no es en absoluto una recién llegada: entre 1981 y 2001 funcionó en Canadá METEO System, un sistema para traducir automáticamente del francés al inglés los partes del servicio meteorológico quebequés. El secreto, en aquel caso, era un repertorio terminológico y fraseológico bien acotado y una rígida preedición (es decir, una redacción del texto original según premisas concretas, que plantease al motor de traducción las mínimas dificultades a la hora de verter el texto al otro idioma). Esto no ha cambiado en lo fundamental desde entonces: los motores de TA dependen totalmente de lo que les demos los humanos, de cómo los alimentemos. No dejan de ser un rancor que ha aprendido a aprender, pero poco más: aun así, hay que enseñarle. Los motores actuales (los de Systran, una de las empresas más veteranas del sector, especializada en traducción automática, o los de Microsoft, Google o Linguee/DeepL) ofrecen resultados sorprendentes, al menos en sus versiones profesionales.  Eso es innegable. Pero no es menos cierto que dichos resultados dependen directamente de cómo se les alimente y adiestre. DeepL, por ejemplo, funciona muy bien traduciendo (de inglés a español, al menos) textos que tengan que ver con instituciones internacionales y política exterior, y yo quiero imaginar (esto es una especulación) que ha de ser, entre otras cosas, porque se alimenta de los corpus bilingües de Linguee, muchos de ellos recabados de instituciones como la UE o la ONU, y en los que han trabajado durante años cientos, si no miles, de traductores humanos.

Pero no todo es color de rosa para las máquinas traductoras. No faltan los expertos que afirman que la TA no suplirá en el corto plazo al traductor humano: el profesor Siu Sai Chong, director del Deep Learning Research and Application Center de la Universidad Shang Seng, en Hong Kong, ha afirmado recientemente: «No creo que la inteligencia artificial actual tenga la capacidad de pensar realmente. Tanto la IA simbólica como el aprendizaje profundo se limitan a la adopción de distintos métodos para manipular datos. […] El aprendizaje profundo es una función de la IA que imita la manera en que los humanos procesamos los datos en relación con la toma de decisiones. […] No creo que siquiera los motores de aprendizaje profundo más vanguardistas puedan razonar de esta manera». En efecto, los textos resultantes aun de los motores profesionales de pago (y hablo por experiencia) tienen una calidad sorprendente, pero distan mucho de ser perfectos. La inmensa mayoría de las veces, los textos deben ser revisados concienzudamente por un lingüista experto. Aparecen en ellos a veces errores garrafales, muy típicos de la traducción automática (todos hemos visto recopilaciones de errores graciosos de traducción). Dichos errores están relacionados sobre todo con el lenguaje figurado, las figuras retóricas, las imágenes y metáforas, las frases hechas, los juegos de palabras, los chistes, los refranes, etcétera. Pero no son los únicos: hay otros más sutiles, en el nivel suboracional, que, además, los traductores humanos bien formados no suelen cometer: concordancias, anáforas y catáforas, referencias culturales o intratextuales, etcétera. En efecto, otro experto, Douglas Hofstadter, profesor de ciencia cognitiva y literatura comparada en la Universidad de Indiana, publicó no hace mucho un influyente artículo en The Atlantic en el que concluía que la TA actual hace un trabajo correcto pero «superficial» y que la «comprensión real» de la IA está todavía muy lejos.

En cualquier caso, la TA ha llegado para quedarse: ya escala el muro y nos mete miedo; le cantamos a lo Sabina para reunir valor, pero no se va; nos intentamos hacer a la idea y le cantamos entonces para enamorarla, para que se quede a nuestro lado y nos quiera un poco, pero siempre nos defrauda.

Resulta que, de todos modos, para que eche a andar nos necesita a nosotros, los mortales, gente del sur del muro, educada en la Ciudadela o versada en traducir a gentes de carne y hueso de los diversos reinos. Se necesitan lingüistas humanos que alimenten a la fiera con cuerpos, perdón, corpus bilingües, que previamente deberán haber sido (al menos en una primera fase) traducidos lo más humanamente posible. Después, una vez crecida la fiera, los expertos deberán adiestrarla. En un siguiente paso, habrá que tener en cuenta que los textos que se le den a traducir, si queremos un resultado óptimo, deberán estar redactados profesionalmente (por un lingüista humano), cumpliendo, en ocasiones, con una serie de premisas (la llamada «preedición» de que hablábamos antes). Y, además, resulta que hará falta un traductor profesional al final del proceso, que se encargue de la famosa posedición (y, para rematar, un revisor o corrector, «los cinturones de seguridad del texto» como dice Antonio Martín).

En resumen: la traducción automática se ha metido hasta la cocina, pero sin los profesionales de la lengua en general y los traductores humanos en particular, creyéndose chef se quedará en mero pinche. Y esto, a corto y también medio plazo, porque, tal y como ha afirmado Jean Senellart, CEO de Systran en el último SlatorCon, celebrado en Londres el pasado mes de mayo, «la tecnología ha alcanzado ya una fase de meseta. […] El usuario no quiere la tecnología, quiere el producto». Traducción: es poco probable que la calidad de las traducciones generadas automáticamente siga mejorando y ahora toca diseñar productos específicos (léase «integración de la TA en herramientas TAO») y venderlos, que es lo que realmente interesa a quienes la han desarrollado.

Y, es más, como también afirma el profesor Chong y los profesionales intuíamos (y luego hemos comprobado, tras unos cuantos experimentos), hay muchos tipos de textos en los que la TA no es de gran ayuda: específicamente, todos aquellos en los que haya un componente o una función estética de peso. No sirve de mucho en traducción literaria ni en traducción de márketing: ambas tienen un alto componente estético y creativo (si lo pensamos bien, también la traducción literaria podría ser considerada una modalidad de transcreación, otra de las tareas que los humanos hacemos mejor que los no humanos). Así lo demuestra un experimento llevado a cabo recientemente en la Universidad Pompeu Fabra, en el que se tradujeron automáticamente del inglés al catalán varios clásicos de la literatura anglosajona. He indagado, pero, por desgracia, he sido incapaz de localizar los datos exactos sobre quién llevó a cabo este experimento y en qué condiciones; si no recuerdo mal, del texto que salió del traductor automático no pudo aprovecharse ni siquiera una tercera parte, en el mejor de los casos. Pero la cosa va más allá: la TA no siempre es de mucha utilidad para traducir ciertos tipos de textos divulgativos o académicos. Como relata The Verge, así lo evidencia el escasamente satisfactorio proyecto de colaboración entre Wikimedia Foundation y Google para la traducción automática de cientos de miles de artículos de Wikipedia, mediante la incorporación de Google Translate a la herramienta de traducción de la enciclopedia en línea.

(Y no hablaré aquí, porque de traducción audiovisual solo tengo nociones, sobre la imposibilidad de que un motor de TA traduzca un guion de doblaje o subtitule una película —voy más allá de las charlas TED—: si un robot es incapaz de distinguir las «señales de tráfico» en un recaptcha, ¿cómo podría entender lo que está ocurriendo en una escena de Chernóbil, lo cual condiciona —por algo lo llamamos «traducción subordinada»— el sentido de todo lo que dicen los personajes y, por ende, cómo se traduce?)

Conclusión primera: la TA nos necesita a los traductores más de lo que los traductores necesitamos a la TA. Como afirma el informe Interpretar y traducir para Europa de la UE, cuya última actualización apareció hace poco más de un año: «Aunque los ordenadores ofrecen medios poderosos para aumentar la productividad y mejorar la calidad y la coherencia, el factor humano sigue siendo indispensable en este difícil arte de la traducción». Como conclusión segunda, una reflexión que, sin venir de boca de traductores, me parece perentoria y muy afinada: dicen Afaf Steiert y Elanna Mariniello en este artículo de TCWorld, «el sector [de la traducción] depende de que traductores experimentados sigan cultivando sus destrezas y habilidades y transmitiéndolas a futuros traductores». Sin ellos, en efecto, la TA irremediablemente regresaría al agujero del que salió, que no es sino la mente del humano políglota que anhela tender puentes con sus semejantes de una y otra orilla.

Y, por fin, llegamos, en un trayecto más largo quizá de lo esperado, al final de este puente y a la otra orilla. Quiero rematar el viaje con una conclusión menos prosaica que los informes de la UE o los artículos de revista techie. Vuelvo al librito de Grossman, a su humilde pero resonante pregunta y a sus respuestas, que les invito a leer. Antes aventuré algunas propias, pero creo que lo único que puedo concluir es que la traducción importa porque es uno de esos quehaceres genuinamente humanistas. Sus motivos, sus intríngulis, sus objetivos y sus consecuencias se enraízan en las inquietudes más puramente humanas y van prendidos al vuelo de nuestro espíritu. El día que deje de ser así, la traducción dejará de importar.

No puedo dejar de afirmar que la TA es útil y necesaria. Yo la uso profesionalmente en determinados tipos de textos. Pero cierro este texto, ya prolijo, reafirmándome con una última frase, a la que tengo especial cariño precisamente porque no la leí ni en un blog, ni en un tuit ni en un libro blanco: la escuché en alguna cena distendida con compañeros de profesión, miembros quizá de ACEtt o ASETRAD, colegas que también reflexionan y se preocupan sobre nuestro oficio y sobre el papel sin duda importante que la TA desempeña ya. Sin dueño llegó a mis oídos, ni siquiera recuerdo en qué idioma, y como una verdad que resume bien todo lo que he querido decir aquí, la echo de nuevo a volar: «Las máquinas solo traducirán como humanos los textos que los humanos hayan escrito como si fueran máquinas».

Todo lo anterior para alentar a los interesados en el idioma, en la traducción y en la mediación lingüística y cultural a que tomen el curso anual de Traducción profesional que en Cálamo y Cran impartimos, a partir del próximo mes de octubre, Jimena Licitra, yo y otra decena de excelentes profesores y profesoras.

 

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