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07/10/2016

La apetitosa estructura de un buen texto

Imagina tus textos como un sándwich: algo irresistible formado por varios pisos.  Para que resulten apetecibles, todas las capas de tus textos deben estar ricas y maridar bien unas con otras. Y el emparedado ha de tener ingredientes distintos: algo meloso, algo crujiente, un poco del reino vegetal, su grasilla, su toque intenso…

Así las cosas, un buen texto se compone, por este orden, de:

  • Idea principal, que se expone en la primera línea. Como aquí en este post, que empiezo contando que un texto es como un emparedado porque  tiene una estructura. Directo al grano, nada de rodeos. Rico desde el primer mordisco.
  • Desarrollo de esa idea o argumentación.  Esto se hace añadiendo matices, ejemplos, imágenes, gráficos, citas, anécdotas, testimonios, analogías, claves... Es la parte más gorda, el relleno del sándwich. Debe ser nutritiva, aportar novedades e información relevante y hacerlo con suma claridad. O sea, sustancia. Por tanto, no eches mano del sentido común para argumentar: quizás debas investigar antes de escribir. De lo contrario, el resultado será un texto insípido que no quita el hambre.
  • Conclusión. Es decir, un buen cierre. Este puede contener  una clave final o también una cita, una pregunta retórica, una propuesta, una despedida… A ser posible, que conecte con el principio del texto y dé coherencia al conjunto. Algo para chuparse los dedos.

Aplicar esta estructura implica NO escribir siguiendo el hilo de nuestro pensamiento, que es picaflor y errático, sino hacerlo tras establecer un breve plan de escritura. Antes de escribir hay que pensar qué vamos a contar. Pero no sirve decidir “voy a contar cómo escribir bien” porque eso es amplio y ancho como el mundo. Hay que acotar la cuestión: “Voy a contar que un texto, aunque sea breve, debe seguir una estructura; como un sándwich”. Eso es mucho más preciso.

Además, al pensar podrás decidir qué información necesitas y comprobar si dispones de ella. Ya que a veces deberás buscarla para evitar que tu texto esté plagado de ideas generales y de vaguedades. Porque, llegado a este punto, esto ya no es como un sándwich en el que pones todo lo que tienes en la nevera. No, es más bien como la elaboración de una tarta Selva Negra: requiere una meditación previa sobre ingredientes y cantidades.

Y un consejo final: “Escribir con sencillez es tan difícil como escribir bien”.  No lo digo yo sino W. Somerset Maughman, el escritor más rico del mundo en la década de los 30 gracias al éxito que tuvieron sus novelas. Inglés, pero poco amigo de los sándwiches, afirmaba que qué es eso de que en Inglaterra no se come bien: basta con pedir un desayuno tres veces al día. Haz lo mismo en tus textos: sirve solo lo bueno.

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Autor

Cristina PlanchueloProfesora de comunicación escrita
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