El precio de una errata

El Libro rojo de Cálamo y Cran

¿Cuánto puede costar ahorrarse el trabajo de un corrector?

Vivimos rodeados de publicidad. Está en el periódico que leemos por la mañana, cuando escuchamos la radio de camino al trabajo, en las series de televisión, en las revistas que ojeamos en el dentista, al hacer scroll en las redes sociales… Para que nos hagamos una idea, se estima que una persona recibe, aproximadamente, más de tres mil impactos publicitarios a lo largo del día (quizá mi vecino se exponga a unos cuantos más, pues suelo dejarle en su buzón los folletos y catálogos que echan al mío).

En las agencias de publicidad, los textos se conciben en la mente de los publicistas, se redactan, se rerredactan, se requeterredactan y se vuelven a redactar para dar con la palabra o el eslogan que capte tu atención, que despierte en ti el deseo de obtener el producto e incluso sea capaz de hacer que el resto de anuncios de la competencia pasen inadvertidos (aunque algunos de estos sean buenísimos), pues para vender hay que ser diferentes. Tan diferentes como una de las campañas de la empresa Chupa Chups, que diseñó unos carteles con faltas gramaticales y ortográficas: «¡Me se pierde la cabesa, cuando pillo un nata fresa!», «Esa cola como mola se merese una ola», «Mi naranja va con palo pa’lo bueno y pa’lo malo», «Sin vainilla ni cacao yo estaría mu chalao»… ¡Chalao me quedé yo al verlos!

Ante el aluvión de críticas, el departamento de comunicación de la compañía quiso justificar que con estos deslices pretendían darle un toque menos serio a su producto, con el fin de acercarse más su target (aunque no sé yo si un niño de cuatro años querrá el producto por su sabor o por los carteles). Sin duda, este es un ejemplo de cómo las erratas y las faltas de ortografía, aunque se usen de forma consciente, pueden hacer que una empresa se labre una reputación cuestionable, amén de los miles de euros malgastados.

Otra campaña de publicidad que, en parte, se vio desmerecida por una errata, que mi amiga Marina Ferrer encontró en un anuncio a página completa dentro de una revista, fue la de vodka Druide, donde se podía leer que daba gusto «La mágia de los druidas se convierte en vodka». ¡Qué lástima que un producto que se vendía como algo exclusivo tuviera una tilde que lo desmereciera! En este caso, el publicista indicó que la palabra *mágia, originalmente, era mágica, pero los cambios posteriores se olvidaron del pobre acento. Otra campaña de publicidad que, seguramente, les costó un ojo de la cara y de la que no se obtuvieron todos los beneficios posibles.

Algunas empresas corrigieron sus errores y hoy, en el mismo andén, contemplo dos anuncios idénticos de una famosa óptica, pero uno con el pronombre ti acentuado y otro sin acentuar (sabes que ti nunca lleva tilde, ¿verdad?).

Sin duda, si hubieran contado con correctores profesionales, estos anuncios habrían producido muchos más éxitos de los cosechados.

De momento, y hasta que las agencias de publicidad y los responsables de los departamentos de márquetin y comunicación sean conscientes de la importancia de esta figura para elaborar campañas y anuncios, seguiré indicándoles por Twitter o correo electrónico las erratas y faltas que encuentre en sus folletos y, después, se los echaré en el buzón a mi vecino, para no perder las buenas costumbres y darle la oportunidad de que él también se queje al verlas.

Si quieres conocer las erratas más caras de la historia, te recomiendo que leas este artículo de El Confidencial, en el que aparece una tilde mal colocada en el título.

#ponuncorrectorentuvida

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