25/07/2017

El paleto que habla inglés

La gran intensidad y movilidad actual de relaciones entre culturas hace que los idiomas más usados tiendan a mezclarse, filtrándose términos entre ellos según los usos sociales y las cosas que pasan. Como el inglés es el idioma del dinero y por tanto de la tecnología y del comercio, los anglicismos son lógicamente los más abundantes. Los más corrientes en el habla común son de tres campos: la tecnología (software, compact disc, e-mail, pendrive, pluggin, smartphone), la economía (cash flow, leasing, stock options) y el ocio (show, fashion, performance, disc jockey, champions leage, drag queen, tunning).

(En este artículo son inevitables las enumeraciones y las listas de ejemplos, pese a las recomendaciones de la compañera Cristina, pero confío en que el lector/a sabrá entenderlo y procederá a carcajearse como corresponde.) 

La importación actual de anglicismos es arrolladora, pero hay una pequeña excusa para ello. Muchos conceptos nuevos surgen y entran en la vida diaria a un ritmo tan rápido que no hay apenas tiempo material para promover un término nuevo útil en español (es decir: descriptivo, cómodo y pegadizo). En esto todos tenemos parte de culpa, pues en vez de encontrar y lanzar a tiempo un neologismo español interesante, solemos limitarnos a usar sin criterio el primero que nos llega (en inglés).

Hay otra pequeña excusa para el anglicismo, inevitable, y es que el término en inglés suele ser mucho más corto, lo que le hace más eufónico y sonoro (es más cómodo decir e-mail que correo electrónico). Pero eso es pura pereza, porque lo correcto no siempre es la traducción literal. Hay que trabajar un poco más la imaginación.

No obstante, lo que no tiene excusa sino severo pescozón entreorejil es esa burda tendencia a usar el anglicismo en vez del término propio porque dicho en inglés suena a moderno y a superguais. Esa actitud, ya conocida y sufrida en el desarrollismo de los años 60, es la del paleto pretencioso que necesita rodearse de todo lo nuevo y más si es extranjero para redimir su provincianismo: si uno es pinchadiscos, sufre connotaciones de empleo cutre y mezquino, pero si aparece como disc-jockey se adorna de un aura mesiánica que subyuga a las masas. Si uno graba en un pincho de memoria, siente manejar un artilugio banal y prosaico, pero si usa un pendrive se verá oficiador de alta tecnología de vanguardia. Si alguien habla del líquido o de gastos en metálico de un negocio se siente tendero de barrio, mientras que hablando del cash flow respira aires de Wall Street como mínimo... Todo muchísimo mejor.

En la misma línea, también se traen términos con disimulo a base de españolizarlos arteramente, aunque ya existan perfectos equivalentes propios. Estos también son legión: chequear (de check = revisar, comprobar), diyéi (de D.J., disc jockey = pinchadiscos), tuneado (trucado, de tunning = trucaje) o líder (de leader = adalid, una palabra perfecta) y otros lamentables como cederrón, bluyins o printear que merecen prisión inmisericorde. De lideresa, ni hablo.

Los términos ejemplares del paleto que habla inglés son marabunta muy pegajosa: aftershave, baby sitters, bacon, best seller, camping, casting, celebrity, chief operating officer, coach, controller, cool, fashion, feeling, fitness, freelance, grunge, hall, handicap, hoverboard, jet set, key account manager, lifting, look, low cost, magazine, mailing, marketing, masters, media manager senior, networking, offshore, packaging, parking, performance, personal trainer, photocall, prime time, project manager, ranking, reality show, road movie, sandwich, sky line, snack, staff, stop motion, store manager, thriller, tickets, top model, training center, vintage, vip (very important person), zapping... Y son señales del paleto porque para casi todos existen términos impecables en español.

Para las denominaciones, más de lo mismo: para una tienda de fotografía de barrio en Madrid... ¡Digital Photo Service!, para un centro comercial de la zona cara de Madrid... ¡Madrid Sunday Shopping!, para un hotel en una de las torres de Chamartín... ¡Eurostars Madrid Tower!, para un hotel de Benidorm (Alicante)... ¡Rock Gardens!, para un desfile de ropa de moda de Madrid... ¡Cibeles Fashion Week!, para un complejo turístico de Benidorm medieval... ¡Magic Aqua Experience!, el festival Primavera Sound de Barcelona, el Bilbao Exhibition Centre de Baracaldo, etc. Lista interminable. El día de los descuentos no podía llamarse más que... Black Friday, y el ya bien asentado día del Orgullo tenía que convertirse en... el World Pride. El paleto políglota siempre asocia la lengua local con la vulgaridad, que no tiene caché ni feeling ni glamour.  

Esta actitud llega a extremos rocambolescos cuando ni siquiera los términos en español ya establecidos nos atrevemos a usarlos cuando proceden: en los folletos turísticos bilingües de Madrid se promocionaba la spanish operetta. Mudo estupor. Resulta que hay que saber hablar del blues, del soul, del heavy metal, del rock and roll y del country, pero el paleto que habla inglés no se atreve a pretender que los turistas hablen de la zarzuela. La pobreza cultural brinca alegre por dulces praderas. 

De todo este filón inagotable, los anglicismos más risibles son los banales, los que expresan algo común. Ejemplos de esto fueron hace décadas los términos sociales como camping (campamento), hobby (afición), living (salón), lunch (almuerzo), night-club (local nocturno), ranking (escalafón), snack-bar (bar de tapas)... y que ahora incluye toda una burda tropa de términos tecnológicos como password, laptop, download, link, backup, tablet, follower... que son ridículos porque aluden a elementos, lugares o acciones muy comunes sin mayor trascendencia, pero que dichos en inglés parecen aportar a lo común cierto barniz de distinción. 

Casi siempre es para vender, por supuesto. Todo publicista sabe ya que usar un nombre común en inglés, breve y eufónico, es un recurso fácil que da gancho. Denominado en otro idioma, cualquier nombre común se convierte en un sonido iconográfico, en una etiqueta de un catalogo de modernidades que a los paletos políglotas les seduce de forma irresistible: un concepto viejo con denominación nueva hace sentir que se evoluciona (no tengas seguidores, ten followers), una acción vieja vista como nueva mueve a practicarla comprando el equipo necesario (no salgas de excursión, practica trekking), y un objeto común pero con nombre nuevo hay que comprarlo cuanto antes (cualquier cachivache). Si el paleto usara los términos en español vería que ni lo que es, ni lo que hace ni lo que posee tienen nada de especial. Pero eso no podría soportarlo, ¡menudo disgusto!

Para terminar, un vocablo curioso: smartphone. El término viene de smart telephone (teléfono inteligente). El chisme es un teléfono móvil o celular con conexión a internet y las prestaciones derivadas de ello. Pues bien, lo prescindible no es solo por calcar una descripción banal, sino que es doblemente erróneo porque el aparato deja en la práctica muy atrás el concepto de teléfono. Su capacidad y funciones lo convierten ya de hecho en un ordenador de bolsillo, así que está francamente en otro plano. Requiere un nombre. Si en su día el término computer dio lugar a ordenador en España o computadora en Latinoamérica, el ordenador de bolsillo necesita igualmente un neologismo en español (no propongo ninguno para no decirlo yo todo). Hay que bucear mejor en el vasto léxico del español, practicar más el viejo arte de sufijos y prefijos y usar la imaginación. Usémosla.

El español es un idioma magnífico, muy rico y muy maduro, con multitud de términos impecables que parecemos empeñados en desconocer, y perfectamente capaz de generar los neologismos que sean necesarios. Disfrutemos utilizándolo como la buena herramienta que es, como disfrutamos del coche en que viajamos o de unos buenos zapatos con los que andar por el mundo.

 

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Autor

Fernando J. SalgadoProfesor de diseño gráfico
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