14/07/2016

Sobre la Edición independiente

Decía Beatriz de Moura que uno se mete a editor como quien se mete a cura. Es decir, por vocación. Una vocación que, en el caso de un pequeño editor independiente, debe de ser un auténtico tornado que arrastre hacia su insaciable ojo a un ser aparentemente cuerdo que de pronto decide destinar parte de su patrimonio, su trabajo y hasta su aliento a la insegura dedicación –loco afán en los tiempos que corren de grandes grupos empresariales y de inagotables best sellers que se suceden a velocidad vertiginosa– de hacer libros de calidad. Una vocación que llevará a ese ciudadano aparentemente cuerdo a desafiar las leyes del tiempo y del espacio para coordinar, cuidar con mimo y estar presente de una forma u otra en cada uno de los pasos que llevarán una idea a convertirse en uno de los artefactos culturales más logrados de todas las épocas.

El pequeño editor, aquel cuya empresa está constituida por él mismo y, como mucho, una o dos personas más, trabajará probablemente en su propia casa, con el consiguiente desorden de originales, pruebas de imprenta, carpetas y cajas ocupando cada rincón de su despacho. El pequeño editor leerá y anotará los textos que reciba, pasará horas navegando en Internet en busca de posibles obras o se dejará la vista ante la tenue luz verde de los puestos de una biblioteca; escribirá infinidad de mensajes de correo electrónico a autores, otros editores, bibliotecas y libreros; redactará contratos de edición, preparará presupuestos y planes de viabilidad, hará sugerencias al autor y aguantará sus dudas y desplantes. El pequeño editor decidirá cómo debe ser el libro, el tipo de letra, la armonía entre blancos y grafismos, el papel, la encuadernación; redactará los textos complementarios, índices, introducciones o estudios previos; tal vez él mismo vuelque el contenido y lo ajuste, o, como poco, dará al maquetador las indicaciones precisas para hacerlo; nunca dejará de revisar personalmente el resultado, aunque haya contado con los servicios de un corrector, y grabará los archivos para entregárselos al impresor. Cumplimentará el formulario del ISBN, revisará ferros y capillas e intentará estar presente en el arranque de la tirada hasta lograr, con el consiguiente ataque de nervios del impresor, que el ajuste del color de la cubierta sea exactamente el que quiere. El pequeño editor empaquetará y enviará los ejemplares para promoción, abordará cada dos por tres a su distribuidor pidiéndole explicaciones de la causa de la tardanza de que el libro llegue a las librerías (siempre le parecerá que tarda demasiado, aunque no sea así); abusará de la paciencia de los críticos para darles cuenta de las excelencias del libro e incluirá reseñas en redes sociales y en su web, que deberá tener continuamente actualizadas. En fin, irá a las librerías y buscará su nuevo libro, y se llevará más de una decepción cuando compruebe que han relegado a un estante un solo ejemplar, en lugar de colocar, tal y como hubiera sido de justicia, una pila bien alta en el lugar más visible de la mesa de novedades.

Pero el pequeño editor independiente no se caracteriza solo por ser capaz de sufrir con resignación estas penalidades, sino, sobre todo (quizás por una ignorada ley de conservación que ha permitido que esta curiosa especie, lejos de extinguirse, esté más boyante que nunca), por ser capaz de disfrutar con ellas.

Tal vez la vocación, esa vocación que, como decía una de las editoras más representativas de la edición independiente, es similar a la que inspira la religión, lo explique todo. Si el trabajo se hace bien, es posible que nuestra vocación, a diferencia de aquella, no nos haga ganar el cielo, sino nada más que el efímero reconocimiento de un puñado de lectores fieles. Pero solo eso –o ni eso, pues basta el simple hecho de haberlo intentado– ya nos parecerá el Paraíso

 

¿Te atreves?

Curso de Edición independiente

Autor

Mariano SerranoTutor de edición independiente
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