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05/06/2017

Mordidas, pellas, jacuzzi y un poco de jamón: a vueltas con el español neutro

 

Tras un largo vuelo intercontinental para acudir a la Feria Internacional del Libro, lo que más deseaba era que me dieran cuanto antes la llave de mi habitación, dejar la maleta y caer como un saco en la cama. Pero cuando llegué a la recepción del hotel Morales, en Guadalajara (Jalisco), me entretuve un rato más porque el friki del lenguaje que llevo dentro me alertó: un cartel, enorme, escrito a mano con unos caracteres generosos, prometía que podría disfrutar de una «pileta achuchadora». Sabía que allá usan «pileta» para nuestra «piscina», pero ¿«achuchadora»? También sabía que cuando alguien te da cariño, allá te «apachucha», con abrazos sostenidos y sinceros, algo parecido a nuestro «achuchar» en el que cabe ese sentido, pero —como indica con pacatería el DLE— «con intención erótica». Me preocupó entonces haberme metido en un hotel que ostentara una pileta con ese tipo de servicios, porque un sitio así podría guardar más sorpresas, como se canta en los narcocorridos, en los que el gringo (o lo que se le parezca) no sale entero, literalmente. Sin duda iba a caer, de nuevo, en el divertido papel del gachupín* al que es fácil alburear* sin que se entere.

Por eso, con mi pasaporte y mi llave ya en mi mano, le señalé el cartel a la recepcionista. Con una sonrisa me respondió: «Con mucho gusto, señor. ¿Qué le ocupa*?». Mi español tampoco servía para entender la pregunta de la tapatía*. Como si no tuviera lengua, señalé de nuevo del cartel, y para no caer en ninguna trampa lingüística me limité a un breve «¿Pileta… qué?». Me respondió que era padrísima*, que estaba a mi servicio y ella «a mis órdenes».

Era un malentendido. Era obvio. Ya me había pasado antes en Xalapa (Veracruz) cuando me invitaron a un bar solo para hombres, donde llegaban «en pelota» para «chupar». Arqueé las cejas, mucho, como un signo de interrogación, y me lo explicaron: era una cantina, donde suelen entrar solo hombres, en grupo, para beber.

No tenemos mejor adaptación al español para la palabra «jacuzzi» («Bañera para hidromasaje» según el DLE) que esta «pileta achuchadora». Podríamos rechazar como barbarismo jacuzzi, pero se ve que esta palabra se aceptó sosegada y relajadamente, aceptada sin trifulcas. Se podría haber propuesto «piscina agitadora», como el reverso de la adaptación mexicana, pero, ¿cómo discutir por un buen jacuzzi? Quien lo probó, lo sabe.

¿Qué habríamos ganado y perdido con un español neutro? ¿Una anécdota —como todas las que se producen a diario— por una variante geográfica significa que necesitamos un español neutro? ¿Ese déficit de comunicación es tan grave que necesitamos una lingua franca española?

Tomemos el caso de una serie de televisión, Mad men, por ejemplo. ¿Cuántos argentinos soportan una versión doblada en español de España? ¿Cuántos españoles soportan una versión en mexicano? En estos casos donde la comunicación es continua y constante —y unidireccional, sin oportunidad de preguntar por un término o una expresión— todos preferimos verla en nuestra variante. Por eso las grandes productoras prefieren usar un doblaje adecuado a la variante local, siempre y cuando el número de usuarios/clientes justifiquen el coste de esa inversión. E incluso en este caso se opta solo por dos versiones: la española (esencialmente madrileña) y una neutra o de consumo americano donde intervienen voces colombianas y mexicanas. Se consigue así, con la variante neutra, «un español que desagrada a todos por igual», como puntualiza el traductor Xosé Castro.

Así, parece que el español neutro es el mal menor, porque el ideal sería la adaptación total a nuestra variante. ¿Pero, ocurre igual en la literatura? No en los textos de los autores conocidos: nadie quiere leer a Cortázar, Allende, Bolaños o Muñoz Molina en una versión adaptada; pero no se tolera en las traducciones (un Martin Amis con deje porteño, una Ursula K. Leguin con cierto sabor madrileño o un Richard Dawkins mexicano), ni en los textos infantiles-juveniles: no todos los niños españoles saben qué es «irse de pellas*» (no digamos en el conjunto de los hispanohablantes), ni qué eran aquellas «agujetas* de color de rosa».

Por otra parte, ¿no es recomendable adquirir nuevo vocabulario —sin prejuicios— venga de donde venga? A lo largo de la historia los hablantes hemos incorporado vocabulario sin planteárnoslo: recordemos los casos de «jamón», «tomate» o «aceite», ya sean neologismos («fútbol», «gamificar», «tuitear», etc.) o barbarismos («software», «tsunami», ¡«ballet»!, etc.), que acabamos usando o comprendiendo. Admitimos la capacidad para descubrir palabras que no conocemos y para eso usamos los diccionarios… o Google: un esfuerzo básico para comprender con precisión un texto. Hemos sido capaces de hacerlo desde el colegio para entender palabras básicas, palabras de textos antiguos o palabras técnicas. El vocabulario nunca fue un impedimento para leer a los clásicos, sino un reto: un esfuerzo por descubrir esa otra variante del español, la del pasado; como nos esforzamos por usar con precisión los nuevos términos (por ejemplo: cuidado: te pueden estar «estalqueando» tu Facebook) e incorporarlos al discurso.

Visto este esfuerzo, ¿por qué no descubrir el de las otras variantes? No es tan raro empezar a usarlas; si no, ¿cómo íbamos a imaginarnos que un periódico como El País acabara usando palabras como «mordida» o «escrache»? Porque será raro que cambiemos nuestro jacuzzi por una pileta achuchadora, pero no cuesta nada (atención: aviso para hablantes de España) reconocer esas variantes como parte de nuestra lengua común.

¿Cuánto nos separan esas variantes? ¿Cuánto nos aleja el español neutro? ¿Podríamos desarrollar una máquina que convierta, por ejemplo, un texto en mexicano a las otras variantes?

De todo ello hablaremos el próximo 20 de junio, en Cálamo&Cran, a las 19.30 horas, en una mesa redonda en la que contaremos con Concha Maldonado, lexicógrafa y directora de varios diccionarios, y con Alberto Gómez Font, excoordinador de la Fundéu, barman, y curioso pertinaz de todas las variantes del español. Os esperamos.

*Miniglosario:

gachupín: persona española en México.

alburear: bromear haciendo juegos de palabras… sí, con «contenido erótico», como dice el DLE.

ocupar: en Jalisco equivale a «necesitar».

tapatía: así se llama a las naturales de Guadalajara; «Jarochos» a los de Veracruz; «chilangos» a los de CDMX…

padrísima: buenísima, excelente.

pellas: no asistir a clase.

agujetas: cordones de zapatos.


El evento es gratuito pero las plazas son limitadas.

Es imprescindible reservar plaza: secretaria@calamoycran.com

Autor

Antonio MartínSocio-Director
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