Celia Martín, CEO de Cálamo & Cran, en estos tiempos tan revolucionados consigue pararse y vuelve a la tienda de ropa de su padre en el Usera de los ochenta para explicar qué pueden hacer hoy correctores, editores y traductores frente al avance de la inteligencia artificial.
Mi padre tenía una tienda de ropa, era su pequeño negocio, el que nos daba de comer. Sus hermanas y hermanos también; toda la familia de mi padre se dedicaba a lo mismo, cada uno tenía su tienda, todas en el barrio de Usera de Madrid, conocido ahora por haberse convertido en el Chinatown de la capital.
Cuando aún les quedaban bastantes años para jubilarse, empezaron a llegar a Madrid los grandes almacenes y, poco después, los centros comerciales con sus zaras, mangos y demás. Superficies comerciales de empresas potentes con horarios ampliados, mucho personal, medios publicitarios, un músculo contra el que un pequeño comercio de barrio no podía competir.
La opción de rendirse y cerrar estaba descartada, había que mantener a las familias, pero pelear contra las grandes superficies con sus mismas armas no tenía sentido: era un David contra Goliat.
¿Qué hicieron? Pensar en su valor, su ventaja competitiva, lo que podían ofrecer a su público frente al fascinante atractivo del centro comercial: su lado más humano. Fiaban a sus clientes, les llamaban por su nombre, les preguntaban qué tal iba su hija en la universidad o cómo andaba su padre de sus achaques. Sacaron lo mejor de sí mismos y sobrevivieron, al menos, unos años.
Desde la Revolución industrial en Europa hemos pasado por muchas situaciones en las que determinadas profesiones o puestos de trabajo desaparecían por el avance de la ciencia, la tecnología o, simplemente, la modernidad. A los que no les afectaba, miraban para otro lado y pensaban «es lo que hay, es el futuro, se tendrán que adaptar», y los que lo sufrían se adaptaban, claro, no queda otra opción.
Ahora es igual, lo que pasa es que la tecnología que viene nos afecta a todos de una forma u otra y el futuro se hace más incierto. Y asusta.
Por eso me he acordado de mi padre, de su forma de adaptarse, y ahora me doy cuenta de que no rabió contra lo que venía, sino que pensó en su propia valía, en su habilidad y su conocimiento, en lo que solo él podía ofrecer a sus clientes.
Y me planteo: ¿qué pueden hacer correctores, editores y traductores contra el Goliat de la IA?
La verdad es que se me ocurren inmunerables habilidades propias de estos profesionales que solo ellos pueden ofrecer a sus clientes.






