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12/01/2018

Pues a mí me gusta «almóndiga»

Sí, me gusta «almóndiga». No solo porque el DRAE la recoge como término español sino también porque la asocio con otra palabra de origen árabe, que me encanta: «Almohada». Ese «alm» en común, que es casi como un alma compartida, me hace pensar en placeres domésticos, mullidos y lentos: una buena ración de almóndigas seguidas de una reconfortante siesta entre almohadas. Es cierto que en mi casa me enseñaron a decir «albóndiga» porque «lo otro» resultaba vulgar. Y eso es lo que hago: emitir «albóndiga» en restaurantes, casas de amigos y barras de bar. Ay, pero en la intimidad peco, y uso la palabra prohibida. Y entonces no tengo reparos en susurrar: «Cariño, ¿te apetecen unas almóndigas?».

Y puestos a disfrutar de cosas ricas, ¿por qué no también de una madalena? En efecto,  engullimos esa oronda «g» como si fuera una guinda. Y lo hacemos porque el DRAE nos lo permite: lo mismo da que digamos y escribamos «magdalena» que «madalena». Ambas son igual de esponjosas, dulces y correctas. Más duros pero igual de adecuados son los «albericoques», tan presentes en las cosechas del Diccionario de la Real Academia como sus primos de ciudad los «albaricoques».

¿Más placeres domésticos? Un baño caliente y perfumado, quizás en buena compañía, seguido del abrazo de una inmensa y acolchada toballa... «Toballa», sí, con «b» de «boca» y «b» de «bueno» y de «beber». Con esa bella «b» que toballa tiene de nacimiento y sin esa «h» usurpadora, inexpresiva y muda. Porque en el principio fue «tobaja», hija de «thubaljó» –palabra germana que se pronuncia «zubalyó»–, en la que la «h» y la «b» conviven sin competencia alguna. Y es que nada tan agradable puede sonar mal.

Claro que ese relajante baño también puede dárselo uno con vistas al mar en un apartotel, así, sin esas estorbantes letras de más. Porque no se escribe «apartahotel» ni «aparthotel» sino la versión más abreviada de este alojamiento híbrido que une lo mejor de estar en una casa con las ventajas que ofrece un hotel: toballas limpias a diario y almóndigas en el bufé libre.

 

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Autor

Cristina PlanchueloProfesora de comunicación escrita
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