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02/08/2019

Por qué la traducción (humana) importa (I de V)

Obviando el paréntesis, así titulaba la gran Edith Grossman, traductora estadounidense de Cervantes, del Siglo de Oro español y del boom latinoamericano nacida en 1936, una obrita que apareció traducida a nuestro idioma por Elvio Gandolfo en la editorial argentina Katz. Se trata de un libro tan breve como delicioso, en el que Grossman parte una lanza —y de las gruesas, tamaño Inmaculados de Juego de tronos— a favor de la traducción como oficio y como labor creativa, que da lugar a productos culturales con entidad propia. En ella, Grossman defiende la originalidad de la obra traducida («El original copia a la traducción», decía Borges, también insigne traductor) con contundentes palabras: «Cuando la transmutamos a un segundo idioma, la obra se vuelve obra del traductor (aunque de manera simultánea y misteriosa sigue perteneciendo al autor original)». Primeramente, podríamos intentar responder a la pregunta que la autora hace desde el título de su libro diciendo que la traducción importa porque pone a nuestro alcance obras del intelecto humano de otro modo inalcanzables (literarias o no; habladas, leídas, escritas, articuladas en el lenguaje o en torno a él), pero también porque extrae de esas obras otras obras inéditas e inopinadas, originales como el original. La traducción podría entenderse, así, como una meiosis cultural de efectos multiplicadores.

En una de las partes más interesantes del libro, Grossman da un ejemplo elocuente sobre cómo la traducción parece conformar o canalizar la cultura universal, trascendiendo lo estrictamente lingüístico y literario. La autora cuenta cómo Cervantes influyó (entre otros autores estadounidenses) a Faulkner, quien afirmaba leer El Quijote todos los años, y cómo luego Faulkner y compañía fueron leídos y admirados por los jóvenes literatos del boom latinoamericano, y cómo, por fin, el boom latinoamericano (Vargas Llosa, García Márquez, etcétera), influyó a nuevas generaciones de novelistas estadounidenses. Toda una corriente subterránea de influencias culturales, muchas veces inadvertida, que ha dado forma no solo a la literatura, sino, en este caso, a la cultura de tres continentes y dos esferas lingüísticas. Es lo que los lingüistas y teóricos de la cultura Itamar Even-Zohar y Gideon Toury describieron en sus teorías de la manipulación y de los polisistemas culturales, y que Saramago compendiaría, a su modo, en otra gran frase: «Los literatos hacen la literatura nacional y los traductores, la literatura universal».

Por eso la traducción importa, y por más. No solo se traduce la literatura, obvio. Ni siquiera se traducen solo productos culturales. Esta es, hoy, una parte pequeña del sector de la traducción. Desde hace dos décadas, el caudal de textos producidos e intercambiados, con todos los propósitos y todas las funciones, para todos los públicos objetivos imaginables, no deja de crecer, merced a la globalización y a las (no tan nuevas ya) nuevas tecnologías. Los contenidos textuales se expanden como plancton en el océano de Internet, en webs, blogs, redes sociales, prensa en línea, libros electrónicos que se leen en todo el planeta, y teras y más teras de series y películas que, dobladas o subtituladas, estrenan múltiples plataformas audiovisuales. Leemos y escribimos más que nunca, por paradójico que suene: por las redes sociales, por los subtítulos y, cómo no, por la mensajería instantánea. En gran parte, eso que leemos (y escribimos) son contenidos «diseñados» en un idioma, pero que se pueden y se quieren verter en otras muchas lenguas cuyos hablantes (millones) nos quedan a un par de clics de distancia.

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Autor

Miguel MarquésProfesor de traducción
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