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17/09/2018

Por qué aprendemos diseño gráfico

En un artículo anterior hablábamos de Qué se necesita para ser diseñador gráfico. En este hablaremos de las razones para hacerlo

Cuando se piensa en para qué adquirimos una formación (o capacitación) en este campo, puede que en principio la respuesta nos parezca tan obvia que no la cuestionemos, pero también puede que esa aparente evidencia tape otras razones que en realidad son inconscientes. Siempre es importante conocer nuestras verdaderas motivaciones para todo, y quizá este artículo contribuya modestamente a ese saludable autoconocimiento.

En el diseño gráfico hay tres grandes razones o motivaciones fundamentales que se suelen tener, aunque alguna puede aparecer con el tiempo, una vez metidos en harina y cuando se va profundizando en el asunto. Se resumen en las siguientes:

1.     El trabajo

La primera es la más evidente. Aprendemos esto para conocer y poder usar una técnica que nos permita acercarnos a un oficio, para que pueda proporcionarnos un empleo. O también para mejorar nuestra capacidad y posibilidades en el trabajo que ya tenemos, para asegurarnos ese empleo o para ascender. Esto puede englobar tanto a quienes quieren trabajar como diseñadores gráficos como a quienes lo aprenden para completar y ampliar su labor como correctores, traductores, editores, técnicos de producción, jefes de redacción, retocadores gráficos, preimpresores, publicistas, storytelling de los newsletters o content curators de las webs responsives (véase sobre los anglicismos).

Introducirse en el sector del diseño gráfico para conseguir un trabajo o mejorar el que se tiene es una decisión frecuente, puesto que incluye unas herramientas muy prácticas y muy útiles en las áreas citadas y en muchas otras, que son los famosos programas tan conocidos del sector (Photoshop, Illustrator, Corel Draw, Indesign, Quark XPress, Acrobat, After Effects, Premiere...). Por otra parte, a la enorme potencia de producción de estos programas se ha añadido también una fuerte y progresiva evolución de la interfaz. Esto permite un uso muy rápido de las funciones, lo que ha suavizado mucho la curva de aprendizaje y facilita que estas herramientas sean mucho más comprensibles que cuando sólo estaban al alcance de experimentados especialistas.  

Recordemos siempre que no hay que confundir el diseño gráfico con el uso de los programas, como no es lo mismo saber conducir que ser conductor, o hablar dos idiomas que ser traductor. No obstante, ya que gran parte del desarrollo tecnológico actual incluye el dominio de la imagen, conocer las herramientas es una parte necesaria para alcanzar ese dominio, y eso añade competencias laborales sin ninguna duda. Por tanto, conseguir o mejorar un empleo es una razón muy clara para aprender las herramientas de diseño gráfico. Es totalmente lógica (fue también la mía), perfectamente legítima y si se tiene como razón principal (incluso como única razón) nadie podría cuestionarla.

2.     El placer

La segunda quizá sea menos trascendental, pero realmente es más importante de lo que parece. Aprender diseño gráfico porque... pues porque es bonito.

Hay muchos usuarios que entran en esto porque quieren aprender a hacer cosas, carteles, pegatinas, postales, ilustraciones para camisetas, retocar las fotos de las vacaciones, porque les gustan las letras, los logos, pintar, dibujar, jugar con imágenes... aunque no pretendan llegar a ejercer profesionalmente con ello. Porque lo que se puede hacer con ello es gratificante, porque es relativamente fácil conseguir resultados interesantes y porque el proceso puede ser muy divertido. Por sentir el placer de crear algo visual, por la simple y llana satisfacción de ver algo majete y disfrutar pensando "eso lo he hecho yo".

Esa satisfacción personal, ese gusto de hacer algo por placer, poder regalar a alguien un diseño hecho por uno/a mismo/a, permite sentir aunque sea a un nivel modesto la sensación de crear. Igual que se puede aprender a tocar un instrumento musical no necesariamente para montar un grupo de rock de éxito ni para tocar en el Teatro Real, sino por el puro y simple gusto personal.

A quien dude que eso sea una razón suficiente, reto desde aquí a que demuestre que en la vida no es necesario encontrar una actividad que regale momentos de esa pequeña felicidad, esa tan esquiva pero de la que descubrimos luego que es una de las más importantes (incluso sin encontrarla: a veces, el mero proceso de buscarla ya puede dar muchas satisfacciones).

Eso es una razón tan grande como cualquier otra, y aunque el aprendizaje solo llegara a aportar eso, ya sería un beneficio inmenso y valioso que habría que anotar en su haber. Otra razón que fue mía, así que tampoco seré yo quien la cuestione ni ahora ni nunca.

3.     La búsqueda

La tercera motivación es la más trascendente. El diseño gráfico puede ser la puerta para un empleo, y también puede ser un placer personal, pero su aporte de mayor alcance es que, en su ejercicio, de vez en cuando se llegan a comprender algunos de los más fascinantes mecanismos de la comunicación visual humana. El diseño gráfico es también un modo de comunicar, de transmitir un mensaje, así que al ejercer se enfrentan, se investigan en crudo y a veces hasta se descubren factores relacionados con la percepción, la respuesta inconsciente, la memoria colectiva y, en suma, la psicología cultural y el funcionamiento profundo de nuestro cerebro visual como un todo. Estos factores son infinitos por cantidad como por complejidad, y por ello a lo que puede aspirar un diseñador es a comprenderlos poco a poco, y a acertar con el uso de alguno.

Pues bien, esa lenta pero progresiva comprensión de los infinitos mecanismos de la percepción visual puede llevar, si se tiene suerte, a una de las conclusiones más desnudas y esclarecedoras: a entender el diseño no como una técnica que se aprende, sino como un camino que se recorre. Y, como distintos diseñadores crearán muy distintas soluciones a un mismo proyecto, y muchas serán válidas, se trata de un camino bastante personal, casi como filosofía de vida, con el sentido japonés tradicional del "do".

Cuando se entiende eso, el descubrimiento tiene un premio y un castigo. El premio es que cada trabajo enseña algo nuevo, cada proyecto que se hace aporta y enriquece, y por tanto siempre se están aprendiendo nuevos matices de la percepción, nunca se deja de crecer, de descubrir y de encontrar tácticas y efectos gráficos interesantes (como el marino que siempre descubre islas nuevas, y todas distintas). El hallazgo constante, el cambio de paisaje al trasponer otra cuesta, el horizonte siempre lleno de nuevos amaneceres.

Qué bonito, lo de los amaneceres. Ahora, la ducha fría: en ese proceso siempre se buscan recetas, normas, luces que indiquen el camino correcto, tácticas de éxito, reglas de oro a las que recurrir para conseguir el producto buscado. El castigo es que esas reglas de oro no existen. Las necesidades de producción cambian, los gustos, los estilos y las modas cambian, los criterios gráficos también, y por tanto las reglas de oro, las tácticas de éxito y las recetas infalibles son absolutamente efímeras. Están sumergidas en ese ámbito cambiante y por eso siguen (y deben seguir sin remedio) esa evolución imparable y eterna. Como muchos otros, el trabajo de diseñador siempre consiste en una búsqueda permanente de recursos gráficos nuevos, de enfoques o ideas nuevas, o bien de nuevas maneras de usar los recursos/enfoques/ideas ya utilizados.

De ahí que el diseño gráfico. no sea (ni de lejos) un cúmulo de certezas, sino como dijo C. J. Cela de la literatura, es un camino que no se camina jamás. Es un bosque espeso, un mar profundo, un permanente vértigo ante un inmenso espacio vacío siempre por llenar. Pero... justo eso es el aliciente, lo que lo hace fascinante, lo que puede alimentar parte de una vida, lo que puede motivar (o mejor impulsar, e incluso arrebatar) una franca y desmedida dedicación a su ejercicio.

Aunque las dos primeras razones son muy dignas y merecedoras de todo respeto, para quienes se reconozcan en esta tercera y sientan que quieren recorrer ese camino, pisando sus arenas estaré y allí me encontrarán.

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Autor

Fernando J. SalgadoProfesor de diseño gráfico
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