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27/12/2016

Mi inquietante historia en torno a las normas de Vancouver

Como muchas historias de espías, todo empezó en una fría mañana de 1978 en Vancouver, y lo que pasó aquel día cambió la vida de miles de personas. ¿He dicho miles? Rectifico: millones de personas, y para riesgo de la humanidad… casi todos médicos.

Pero empezaré por el principio. Apenas habían pasado unos meses desde que me licencié en filología, cuando conseguí mi primera colaboración como correctora en una editorial de libros de medicina. Claro está que mentí sobre mi experiencia en ese campo, que se limitaba a leer los prospectos de los medicamentos que por entonces tomaba muy esporádicamente. Debí ser muy convincente, porque conseguí el trabajo. Estaba ansiosa por empezar, pero también tenía miedo… un miedo irracional que no alcanzaba a entender y del que mi intuición muy atinadamente me avisó.

Me reuní con el jefe de producción y la editora, y ante mí pusieron dos enormes torres de papeles: una eran las primeras pruebas corregidas de un libro de casos clínicos de cirugía dermatológica… para mi desgracia, con ilustraciones a todo color. Y el otro montón eran las segundas pruebas. Mi labor sería comprobar que todas las correcciones marcadas por el revisor en las primeras pruebas, se habían realizado en esas segundas pruebas. Parecía sencillo.

Con la candidez de mi poca experiencia, pregunté la razón de que ese primer corrector no se hubiera encargado de comprobar él mismo sus correcciones… al fin y al cabo, esa era su criatura. El jefe de producción y la editora cruzaron una mirada cómplice y me contaron una excusa que no me convenció.

Comencé a trabajar y repetidamente llamaron mi atención unos signos extraños que aparecían en los listados de bibliografía; al principio no le di demasiada importancia, pero poco a poco comprobé que esos símbolos rojos estaban trazados con más desesperación, casi diría que eran producto del miedo, tal vez del pánico de su autor. Me sentía muy inquieta, de modo que decidí estudiar esos guarismos confusos y, en ocasiones, ininteligibles, y descubrí horrorizada que el corrector estaba haciendo una llamada desesperada, estaba… ¡pidiendo auxilio al colega que revisara esas pruebas!

–¿Quién… quién ha corregido estas pruebas?— pregunté a una de las editoras, intentando disfrazar mi inquietud.

–Felipe –me contestó–, un corrector que ahora vive retirado en una residencia psiquiátrica. No pudo soportar tantos errores en la bibliografía de todo aquello que corregía… y empezó a obsesionarse hasta que… bueno…  en fin… su familia le tuvo que ingresar porque estaba obsesionado con que tenía que ir a unas reuniones en Vancouver, ¿puedes creerlo? Como los espías de las películas. Era cuestión de vida o muerte, repetía una y otra vez el pobre Felipe.

Mi intuición me daba la razón: había algo más detrás de esas segundas pruebas. Y yo lo iba a descubrir. Averigüé dónde estaba ingresado mi colega y fui a visitarle. Aunque era la primera vez que le veía, se me partió el corazón: aquel joven padecía una terrible obsesión y no respondió a ninguna de mis preguntas… solo me miró fijamente a los ojos y me susurró: “El caos acabó en Vancouver, y también en Vancouver fue engendrado el orden, díselo a todos los médicos… o los correctores pereceremos en un terrible apocalipsis bibliográfico”.

Al abandonar la residencia me sentí aterrada, presa del pánico. Sin embargo, todos aquellos sentimientos me infundieron el suficiente valor para resolver el enigma que aquel desdichado hombre me había transmitido.

Por entonces –hablo de hace más de veinticinco años– no había internet, de modo que esa misma tarde comencé a investigar para desentrañar aquel misterio. Durante las siguientes semanas pasé horas y horas en bibliotecas buscando en catálogos y archivos alguna información relacionada con esa incompleta información que tenía: Vancouver como sepultura del caos y como cuna del orden.

Finalmente, no sé si por perseverancia o por puro azar, hallé lo que estaba buscando. Por fin había encontrado el mapa del tesoro por el que mi compañero había perdido el juicio. Descubrí que en el año 1978 se reunieron en Vancouver un grupo de editores de revistas de ciencias de la salud, y que constituyeron el Comité Internacional de Editores de Revistas Médicas con la noble tarea de establecer una serie de normas para la redacción de artículos médicos y terminar con el caos en las publicaciones de este tipo. Y tejieron, como laboriosas arañas, unas detalladísimas instrucciones para la elaboración de la bibliografía. ¡Eureka! ¡Lo encontré!

Salí corriendo de la biblioteca con el más valioso tesoro que en aquel momento podía soñar, nada menos que las fotocopias de las normas de Vancouver, y fue a la residencia a enseñárselas a mi querido colega.

Felipe hojeó las fotocopias y en un momento de lucidez me tomó de las manos con ternura y habló despacio: “Mi tiempo ya pasó… ahora tu misión es transmitir estas normas a los médicos para terminar de una vez por todas con el terrible caos bibliográfico que amenaza a nuestro mundo”.

Desde entonces, mi particular cruzada es desentrañar todos los misterios de esas complicadas normas para que todos –estudiantes, médicos, correctores, revisores, etc.– podamos aplicarlas de un modo sencillo y sistemático. Y qué mejor manera de hacerlo que desde un curso en el que, como hormigas disciplinadas, explicamos y ejemplificamos la manera de construir tu bibliografía: “Redacción y corrección de textos médicos”.

Autor

Ángeles Del CastilloProfesora de Redacción y corrección de textos médicos
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