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18/04/2017

La descripción de los personajes

Muchas veces, la descripción del personaje comienza incluso antes de que le hablemos directamente de él al lector. Tan solo con referirlo en un diálogo entre otros personajes, o con mencionarlo el narrador, incluso de forma objetiva, en un determinado contexto, estaremos ofreciendo al lector informaciones sobre él.

Si estamos describiendo, por ejemplo, una prueba ciclista y situamos al protagonista participando en ella, le estaremos enviando al lector, si no datos concretos y definidos, sí al menos sugerencias sobre el personaje. Le estaremos dando pie a que se lo imagine físicamente como alguien, si no predispuesto, sí al menos capaz de realizar esa prueba. 

Para poder describir al personaje con fidelidad, en primer lugar, el escritor tiene que obligarse a formar en su mente esa imagen nítida y fiel que pretende transmitir.

Ayuda mucho en esta fase de la construcción del personaje apelar a rasgos humanos que esperan pacientes en la imaginación del escritor, pero resulta mucho más rápido y práctico buscar imágenes que nos permitan visualizar a nuestro personaje. Estas imágenes no han de ser necesariamente de personajes públicos. Si elegimos la imagen de un actor o de una actriz más o menos famosos podríamos estar condicionando excesivamente al lector si es que nos empeñamos en describir hasta la última arruga. Existen en internet muchas fuentes de imágenes de personas anónimas, modelos que sirvieron a determinados propósitos, pero que, al escritor, pueden abrirle las puertas para llegar hasta sus personajes. En muchos de ellos, además, esa imagen de persona anónima puede ser buscada en determinada actitud que venga a propósito de nuestro texto de ficción, pongamos pronunciando un discurso si nuestro personaje ha de hacerlo en algún momento de la historia que queremos narrar.

Otra herramienta muy interesante es la lectura de descripciones de personajes que hacen otros autores. El fin no es la copia, como es lógico, pero si leemos esas otras descripciones pronto veremos cómo se convierten en llaves que abren los cajones donde guardábamos, quizás sin saberlo, nuestras propias descripciones, nuestra propia forma de describir a los personajes.

Una vez que hayamos dado forma a nuestro personaje, y antes de hacerlo salir a escena, es conveniente echar un vistazo al conjunto, ¿tiene coherencia?, ¿es creíble?, ¿es adorable u odioso?, ¿qué le hace diferente o especial?

Es importante que el personaje adquiera una identidad propia sin interferencias con las descripciones que hagamos de otros personajes. Para ello trabajaremos con los que mejor los definen y diferencian del resto de personajes. Por ejemplo, si estamos contando una historia con una raza de seres humanos que tiene la piel oscura y los ojos negros, será inútil incidir en ambas características para definir a los personajes, puesto que definen más al conjunto que al individuo. Esas características solo serán útiles en un primer momento, y como definición del grupo y, en todo caso, cuando esos personajes se encuentren con otros que no compartan esos rasgos; pero para las descripciones individuales, como es obvio, será mejor recurrir a aquellos rasgos que los diferencie del resto de personajes.

Cuando llega el momento de la presentación, digamos oficial, ante el lector, será el momento de reafirmar aquello destacable que se haya sugerido anteriormente o de aportar nuevos datos que contribuyan a la formación de una imagen del personaje en la mente del lector. Pero lo haremos secuencialmente, de forma ordenada y natural.

Cuando nos veamos en la obligación de mencionar una característica de nuestro personaje que ya hayamos mencionado antes, es conveniente buscar alternativas a la expresión o al término utilizados anteriormente. Esto servirá para cumplir dos objetivos. El primero, no causar en el lector la sensación siempre molesta de que hay que decirle las cosas dos veces. El segundo, enriquecer el concepto o el detalle al que nos referimos con los matices que siempre encierran los sinónimos o expresiones circundantes.

En cuanto a las descripciones psíquicas, y aunque el retrato psíquico del personaje sea muy complejo y rico en matices, siempre resulta posible extractarlo y mostrarlo al lector mediante la simple interactuación entre los personajes; mediante sus relaciones, su forma de hablar entre ellos, de buscarse o de evitarse, de amarse o de odiarse, de aprobarse o reprobarse o, simplemente, por su forma de referirse y nombrarse entre ellos. Ello nos ayudará a completar en el lector el mapa mental del personaje. Dice Chejov: «También en el campo de la psique se requieren detalles. Dios te guarde de los lugares comunes. Lo mejor de todo es no describir el estado de ánimo de los personajes; hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones».

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Autor

Víctor J. SanzTutor de creación de contenidos
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