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11/05/2020

Confieso que he comido

El título de este artículo podría parecer una confesión fruto de estos días de confinamiento en los que todos, reconozcámoslo, le hemos dado pero bien al bizcocho casero, pero no, es un nada velado homenaje a un gran poeta que, no contento con escribir tan rematadamente bien como para ganar el Nobel de Literatura era, más que un gran gourmet, sobre todo un disfrutón, un amante (quizás incluso demasiado) de los placeres y, como no podía ser de otro modo, de tal vez el más cercano y al tiempo terrenal de todos ellos: la comida.

Me refiero a Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, más conocido como Pablo Neruda, un hombre capaz tanto de escribir veinte poemas de amor y una canción desesperada como de dedicar una oda a un placer tan sencillo como saborear unas buenas papas fritas. Eran para él cuando estaban crudas, antes de entrar en la sartén, «nevadas plumas de cisne matutino». Al salir, atención: «semidoradas por el crepitante ámbar de las olivas», llenaban el plato con «la sabrosa sencillez de la tierra». ¿A que dan ganas de salir corriendo hacia la cocina más cercana a prepararse una montaña de patatas fritas pero ya mismo?

Claro, porque las palabras, cuando están bien elegidas, son capaces de despertar nuestros sentidos. De abrirnos el apetito.

En realidad, si nos detenemos a pensarlo, en eso consiste la esencia de la poesía: no solo en transmitir sentimientos sino también sentidos, en hacernos llegar lo sensorial. Mañanas de verano, aletear de pájaros, las caricias del sol o de la persona amada, ráfagas de olor del salitre del mar o de alguien a quien quisiste que se murió hace años, el sabor de unos besos, el tacto de las hojas de un libro que nos hizo disfrutar… Y, digo yo (y también se lo preguntó Neruda): ¿por qué no aplicar todas esas aliteraciones y metáforas a la tarea de ensalzar placeres mucho más prosaicos como degustar un caldillo de congrio o una sandía o una alcachofa?

A fin de cuentas, comida y pasión siempre han ido de la mano y, ahondando en esta relación, de la mixtura entre comida y pasión se ha pasado en un suspiro a entender la comida como una tentación y, como bien saben Adán y Eva, de ahí al pecado no media más que un pequeño paso.

Aunque el vínculo entre la comida y lo prohibido no está solo en la Biblia: nos acompaña desde la infancia, en cuentos como el de Blancanieves o Hansel y Gretel y, por supuesto, en la historia de la Literatura desde sus mismos orígenes, pues no en vano ya en la mitología clásica se recogen los problemas de Hera con el manzano (sí, otra vez manzanas) que plantó en el jardín de las Hespérides y que Hércules le robó, y no pocos fueron los problemas que, por culpa excederse en los banquetes o de su necesidad de alimentarse a lo largo de su larga travesía vivieron Ulises y sus hombres en la Odisea.

Es tal vez por esto, porque desde siempre comida se ha asociado a problemas o, cuando menos, se la ha tenido como desencadenante de tramas, tribulaciones y pasiones varias que, en un momento dado, y dejando aparte la poesía amorosa o los párrafos más jugosos y tórridos de ciertas novelas, siempre que se ha escrito sobre los alimentos desde un punto de vista práctico o utilitario ha parecido buscarse la contención. Ay, la moral cristiana. Con eso de que la gula es un pecado capital nos ha pasado factura y, así, nos ha parecido que estaba mal visto explayarse alabando la redondez de un melocotón, o su delicado tacto aterciopelado, o los jugos de un tomate o la calidez de un pan recién horneado que en nuestras manos parece transmitirnos la misma exacta tibieza que un seno alentado por el deseo…

Y desde ahí, desde ese pudor, nos hemos vuelto secos y tal vez demasiado sosos a la hora de describir nuestros platos. Contenidos. Adustos. Sin chispa. Pero no tendría por qué ser así. Comida es alegría, es compartir y festejar. Cocinar puede ser divertido, un acto comunitario en el que se disfruta de la compañía y del placer de experimentar y así deberíamos narrarlo.

Olvidemos los libros de cocina concebidos como manuales de instrucciones serios, rígidos, sin sentido del humor ni del olfato ni, casi, del gusto. Olvidemos la inflexibilidad de aquellos profesores más amargados que habían parecido borrar de su memoria el sabor de un beso infantil pegajoso y con rastros de piruleta de cereza. Olvidemos esas recetas mecánicas, desaborías en su prosa, inmunes a la carcajada del borboteo de una olla y pintemos nuestros libros de cocina con una prosa rica, fluida, con un estilo alegre, colorista, vital y sensorial que sepa beber de la poesía, del sabor, del amor y del disfrute.

Porque ser preciso en las medidas no excluye la diversión ni el salero. Porque dar unas instrucciones claras no implica que debamos renunciar a un estilo cautivador. Si cocinar es un placer, leer libros de cocina, además de ponerlos en práctica, también puede serlo.

Aprendamos de Neruda, si para él su amada era «suculenta como una panadería», ¿por qué no podremos nosotros, modestamente, intentar aprender a escribir con una cierta música, con un mínimo de poesía? El estilo nunca está de más. Estoy segura de que nuestros lectores (nuestros recetarios también) nos lo agradecerán.

 

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Autor

Mercedes Castro Profesora de Narrativa
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