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21/10/2019

Autolavado y estética de textos médicos

Hace un par de semanas, mientras caminaba por una bulliciosa ciudad, un rótulo ciertamente destartalado llamó mi atención: “Autolavado y estética del automóvil”. ¡Qué presuntuoso el dueño del negocio!, fue mi primer pensamiento. ¿Cómo puede utilizar la palabra “estética” para referirse a algo que es sencillamente limpiar coches? La gente está fatal, pensé, y seguí mi paseo.

Pero por algún motivo aquel cartel permaneció en mi cabeza sin yo haberle dado permiso para dialogar con mis neuronas, como si quisiera darme una reprimenda por mis despectivos pensamientos sobre el digno negocio del lavado de automóviles. Y créeme si te digo que tanto brincó de un lado a otro de mi depósito de ideas que me obligó a pensar y repensar hasta darme de bruces con la realidad, con una realidad que me sorprendió: ¿acaso no me dedico yo a lo mismo que el buen señor propietario del autolavado de coches?

¡Cómo! ¡No, jamás, mi oficio es mucho más digno y noble! Yo me dedico a… mi trabajo es… esto… mmmm… ¡No puede ser! ¡Yo me dedico a lo mismo: a limpiar textos! Mis humos bajaron hasta arrastrarse por el suelo como un insignificante gusano al reconocer que no es otro mi oficio que el de lavado y estética de textos. No es posible, no es lo mismo, y empecé a buscar analogías imposibles entre la estética del automóvil y la corrección de textos… pero cada hilo de pensamiento me despertaba de mis sueños de grandeza y superioridad.

Repasé una y otra vez cada uno de los pasos del autolavado del automóvil y del ritual de la corrección de un artículo científico para convencerme de la imposibilidad de ese mimetismo fatal.

Lo primero que hacen en el autolavado es colocar el vehículo en los carriles al efecto y accionar el lavado automático para eliminar la suciedad más superficial. Sin embargo, en mi noble oficio, una vez que un texto médico aterriza en mi ordenador lo acomodo en su carpeta e inmediatamente comienzo mi labor pasándole el corrector automático para eliminar los errores de bulto, los más evidentes y entonces… ¡no puede ser! ¡pero si hago lo mismo que esa maldita máquina! Bueno, no me pondré nerviosa, porque lo más probable es que no haya ninguna analogía más.

Sigamos: a continuación, el empleado enjabonará y comprobará que cada una de las piezas del automóvil —el capó, las puertas, los retrovisores, etc.— queden perfectamente limpios, al fin y al cabo, son la parte más visible. ¿Es posible que en mi trabajo yo haga algo semejante? Déjame pensar… No, creo que no, porque mi trabajo consiste en revisar y corregir la estructura general del texto, los epígrafes y la organización para que ese texto quede perfectamente limpio. ¡Dios mío… ha vuelto a pasar! Bueno, es solo otra casualidad.

Si los operarios del autolavado son minuciosos, procederán a realizar una limpieza de la tapicería que la dejará impoluta, aspirarán todas las miguitas de ese “Aspito” que sirvió para persuadir a un testarudo angelito de que tenía que permanecer atado, arrancarán del asiento del copiloto ese chicle y… ¡no te lo vas a creer!, pero curiosamente todo ese batallón de variada suciedad me recuerda a los impertinentes gerundios que se cuelan en los textos, y que se hacen fuertes cuando se alían con bárbaros términos que se empeñan en llegar a toda costa a la imprenta. Todo un ejército de erratas, siglas tozudas que se niegan a desaparecer, tímidas unidades de medida que se quieren escabullir de su compromiso con los números… ¿no es todo esto otra cosa que lavar la cara a los textos? Je suis désolé! (que se note que soy filóloga y que domino varias lenguas).

Estoy segura de que la limpieza de las cerraduras de las puertas no tiene su correlato en mi trabajo, ¿o sí? Voy a hacer una lista de ideas encadenadas para convencerme de que esta vez no hacemos lo mismo: cerradura, llave, entrar, entradilla, título… Oh, my God! (sigo presumiendo de mis vastos conocimientos de lenguas modernas). Mi fijación por corregir los títulos para que sean la llave que nos permita el acceso al contenido, ¿no es lo mismo? Definitivamente… sí. Y otra vez estoy désolé.

En fin, algo tiene que haber que diferencie ambas profesiones. ¡Ya lo tengo! El encerado no tiene nada que ver con mi tarea, porque yo no utilizo ningún potingue; cuando termino de revisar y corregir un texto lo vuelvo a leer, pero esta vez para darle brillo y esa chispa que hará que cada párrafo lance destellos e incluso, por qué no, que tenga un dulce “aroma”, como el olor de algunos ambientadores de coche que invitan a acurrucarnos en su interior por siempre jamás. Ha vuelto a pasar… te has dado cuenta, ¿verdad?

Siempre termino mi trabajo haciendo una revisión exhaustiva de la bibliografía. Sí, esa parte de los textos que muchos autores tienden a descuidar porque es la más árida y, reconozcámoslo, la más desagradable, a pesar de ser la base que sustenta todo el peso del contenido y la que garantizará que el artículo circule por la mesa de investigadores y lectores interesados. Nada que ver con la limpieza de los neumáticos… ¿o tal vez sí?

Es de justicia terminar este artículo presentando al dueño del “Autolavado y estética de automóviles” mi más sinceras disculpas. Creo que voy a cambiar la firma de mi correo y sustituir el pretencioso “Consultora de publicaciones biomédicas” por el más acertado de “Autolavado y estética de textos médicos”.

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Autor

Ángeles Del Castillo Profesora de redacción y corrección de textos médicos
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